Cinco minutos para el alba.
Camino desorientado entre la arboleda,
sin saber cómo he llegado hasta aquí ni cuál es el propósito de
mi presencia en este solitario paraje. La línea del horizonte
transcurre discontinua entre los troncos de añosos pinos, robustas
encinas y altos robles, mostrándose ante mis ojos como una sucesión
de puntos y rayas que parece querer comunicarme un mensaje
incomprensible para mi cerebro, profano en los entresijos del código
morse.
Hacia allí dirijo mis pasos, buscando
en esa tímida luz previa al amanecer alguna pista, el más leve
indicio que desvele el misterio de por qué las suelas de mis botas
no hacen crujir las agujas de pino que cubren el suelo, por qué los
arbustos no pinchan mis piernas a través de los vaqueros, o por qué
el aliento que brota de mis labios en este gélido ambiente no forma
nubecillas ante mis ojos.
Cuatro minutos para el alba.
Al fin he conseguido salir del
bosquecillo y me he encontrado en lo alto de una loma con
privilegiadas vistas sobre la ciudad. Las casas bostezan con puertas
y ventanas, vomitando a las calles una riada inagotable de sombras
que se deslizan apresuradas, como ratones grises recorriendo su
laberinto diario.
Recuerdo haber traído aquí a mi
novia muchos fines de semana, al filo del anochecer, cuando los
guiños de las farolas iban a más en vez de a menos, y esa misma
riada de autómatas regresaba al hogar arrastrando los pies tras una
dura jornada. Dirijo la mirada hacia la explanada donde solíamos
aparcar, buscando la familiar silueta de mi viejo coche, y mis ojos
tropiezan con otro vehículo, casi exactamente en el mismo lugar, y
también ocupado por una pareja.
Algo se remueve en mis entrañas, algo
recio y desagradable, una sensación de fatalidad que me impele a
acercarme a ese coche extraño y, no obstante, conocido. Tras unos
primeros pasos vacilantes, la inquietud me acelera pulso y zancadas,
y llego junto a él a la carrera, frenando en el último instante
para no estamparme contra la carrocería. Jadeante, agacho la cabeza
y escudriño a través de la ventanilla, empañada por el calor que
desprenden esos dos cuerpos que se retuercen en una frenética danza
de ropas revueltas y manos ansiosas, en una sinfonía de gemidos
compartidos y palabras masculladas contra labios ajenos, en un
recital de ávidas caricias y de besos húmedos. Aturdido, contemplo
a mi mujer –es ella, sin duda alguna– enfrascada en los
prolegómenos del apareamiento con un hombre que no soy yo.
Tres minutos para el alba.
Algo hierve en mi interior.
Incredulidad, rabia, furia asesina.
Soy incapaz de dejar de mirar, de
apartarme, de dar la vuelta y huir. Es como si un imán invisible me
retuviera en el sitio, boquiabierto, ojiplático. Esas palabras, esos
besos, esas caricias que la infiel prodiga al usurpador, cuando
deberían ser mías, me queman el alma.
Y, de golpe, los recuerdos vuelven a
mí, inundan con su impetuoso oleaje todos y cada uno de los meandros
de mi cerebro. Desfilan ante mis ojos, como una película en blanco y
negro, los dos últimos meses. Dos meses desde que la traidora posó
la vista sobre el nuevo jefe y decidió que era más joven, más
guapo y más prometedor que yo.
Dos largos meses de reunirse con él,
los dos solos en su despacho a puerta cerrada, mientras yo aguantaba
el chaparrón en la sala común, tratando de hacer oídos sordos a
los cuchicheos y las cuchufletas a mi alrededor; de arrimarse a él
en el ascensor atestado, sin importarle que el arrebol de su rostro
delatase las actividades ilícitas que transcurrían en los bajos
fondos; de pretextar una cena de trabajo para invitarle, al salir de
la oficina, a algún antro con poca luz y mucha tolerancia,
regresando a casa tarde y con un brillo lúbrico en la mirada.
Dos meses eternos, amargos,
devastadores. Dos meses insoportables. Y entonces, en un arranque de
orgullo herido, mi estúpida amenaza de tirarme desde un puente si
seguía con sus engaños. Y su risa, jocosa, escéptica, que me
empujó a coger el coche y dirigirme al puente más cercano, donde
seguramente no habría llevado a cabo ese ridículo ultimátum,
aunque tampoco se me permitió tomar la decisión por mí mismo: el
hado estaba ocurrente ese día y, nada más acceder al puente, fui
arrollado por un pesado camión que perdió el control. Un par de
vueltas de campana y, luego, vacío y oscuridad.
Dos minutos para el alba.
La cólera me corroe, no puedo
quedarme quieto, necesito hacer algo. Algo que interrumpa este
impúdico festival amoroso.
Exhalo mi aliento sobre el parabrisas
delantero, que se cubre de una tenue capa escarchada. Los crujidos
del cristal al contacto con el frío alertan a la parejita.
Exclamaciones de sorpresa: bien. Me sitúo junto a la ventanilla
cerrada, la atravieso delicadamente con un brazo y paso la mano ante
el rostro de ambos, rozándoles apenas la cara con mis invisibles
dedos helados. Gritos de alarma: muy bien. La cabeza sigue al brazo
al interior del vehículo y aproximo a ellos mi boca incorpórea para
susurrar sílabas sin sentido junto a sus oídos. Chillidos de puro
terror: excelente.
Cuando pronuncio claramente sus
nombres, con una voz de ultratumba que incluso a mí me pone los
pelos de punta, ella esconde la cabeza entre los brazos y solloza con
fuerza mientras él, muy pálido, abre la portezuela y se arroja
fuera del coche, emprendiendo una atolondrada huida a cuatro patas.
Magnífico. Este espectáculo de angustia y desesperación extremas
mitiga en cierto modo los padecimientos de estos dos últimos meses.
Un minuto para el alba.
Mi mujer y su amante han recuperado el
aplomo antes de lo que esperaba y han husmeado por los alrededores en
busca de posibles bromistas. Por supuesto, no han encontrado a nadie
porque no había nadie que encontrar, y yo he tenido buen cuidado de
permanecer quietecito y en silencio. Aún así, han aceptado la
explicación del intruso guasón como la más lógica y probable y,
dando un rápido carpetazo al asunto, se han apresurado a subirse al
coche y hacer mutis por el foro.
Yo me he quedado un rato más sentado
sobre una piedra, saboreando esos momentos de pánico por su parte y
de alborozo por la mía, breves pero intensos, como un dulce
prohibido, tanto más exquisito cuanto más pecaminoso. A medida que
la claridad del amanecer va adquiriendo consistencia, yo me siento
cada vez menos consistente: supongo que los primeros rayos del sol
naciente marcarán mi completa desaparición, aunque espero que ésta
no sea definitiva y que, por simetría, el último rayo del sol
poniente traiga mi espectro nuevamente al mundo de los vivos.
Ahora que he visto lo divertido que
puede ser hacerle la vida imposible a este par de adúlteros, no me
parece tan mal esto de ser un fantasma. A fuerza de concentración
consigo envolver mi figura en un tenue resplandor e incluso me
levanto del suelo un par de centímetros, lo suficiente para
mostrarme como una aparición flotante, más o menos translúcida si
bien confío que perfectamente reconocible. Ya me imagino sus ojos
desorbitados, sus bocas abiertas, sus temblores convulsivos... todo
un bálsamo reconfortante para mi pobre espíritu condenado que, al
rayar el alba, como un reloj, se desvanece en la nada.
Y, mientras me esfumo, me regocijo con
la certeza de que en mi particular infierno nocturno vamos a ser
tres.
Finalista
del III Certamen Literario "Cuzcurrita de Río Tirón" (Ayuntamiento de Cuzcurrita de Río Tirón y Grano de Arena) y publicado en antología, diciembre
2025