-¿Puede
decirme cómo resuelve usted sus casos, Monsieur Poirot?
El
famoso detective me mira, parpadea, se atusa los bigotes.
-En
serio, no esperará usted que conteste a esa pregunta, ¿verdad,
muchacho?
El
tonillo, aparte de estar teñido de acento francés, resulta por
demás impertinente, como dando por hecho que alguien de aspecto tan
insulso e imberbe como el que me toca contemplar en el espejo cada
mañana jamás podría llegar a entender los intrincados procesos que
tienen lugar en un privilegiado cerebro como el del hombre que tengo
delante. Carraspeo, me revuelvo en la silla -la más incómoda de la
habitación, seguro que lo ha hecho a propósito-, y empuño el
bolígrafo y la libreta de notas con más empeño, si cabe, que
antes.
-Lo
que quiero decir es que no me creo que resuelva usted un asesinato,
por poner un ejemplo, desde el sillón de su casa, sin mover un solo
dedo, como ha declarado en ocasiones.
Toma
ya. A ver por dónde sales ahora.
Frunce
el ceño ominosamente, y por un instante me veo de patitas en la
calle, sin entrevista y sin haber probado las pastas que aún
permanecen intactas en una bandeja, sobre la mesita de café. Pero
no. Como imaginaba, su desmesurado ego no le permite dejar que un
profano como yo se marche con una idea equivocada de la soberbia
potencia de su intelecto. Allá vamos: inspira hondo, se yergue en su
sillón de orejas, eleva las cejas y abre la boca. Mis dedos se
cierran sobre el bolígrafo y lo apoyo en la libreta, presto a
lanzarme a escribir a toda velocidad en cuanto comience la esperada
verborrea.
Y,
en efecto, el tipejo me ofrece una disertación en toda regla acerca
de las ventajas de estudiar cuidadosamente cada una de las pistas,
cada uno de los posibles rumbos de la investigación, cada una de las
hipotéticas soluciones del caso, para ir descartándolas una a una
según se comprueba que resultan incongruentes.
-Así
-afirma, con expresión plácida, mientras cruza las manos sobre el
regazo y se recuesta de nuevo en el sillón- se llega a la única
conclusión posible que, por supuesto, es la acertada.
-Pero
tendrá que revisar la escena del crimen y las pistas con sus propios
ojos...
-¡No,
no, no! Los ojos son la fuente más frecuente de engaño, créame: el
cerebro es el único que puede separar lo importante de lo inútil.
Yo dejo que otros me cuenten lo que ven, y mi mente lo interpreta
correctamente.
Este
tipo es del todo insufrible. Ya antes lo sospechaba, pero ahora lo he
comprobado de primera mano.
-Muy
bien, Monsieur Poirot. Con esto tengo material más que suficiente,
le agradezco infinito su atención y su paciencia.
Y,
estrechando su mano, abandono el cuarto con toda la rapidez que mis
piernas me permiten. En una cosa tiene razón el afamado detective:
no necesito que mis ojos asistan a la escena siguiente, me la puedo
imaginar a la perfección y con todo lujo de detalles. Cómo se dará
cuenta de que mi libreta de notas ha quedado olvidada sobre la mesita
de café, junto a las pastas sin tocar; cómo la abrirá, intrigado
por saber lo que he escrito sobre él; cómo encontrará la lista de
víctimas del llamado “asesino del sello”, rubricada en la
esquina superior izquierda por una marca idéntica a la que el
criminal graba sobre la frente de los cadáveres, y que la policía
no ha dado a conocer; cómo llegará a la inevitable conclusión de
que el apocado muchacho que ha tenido enfrente no es quien aparenta.
“Jaque
Mate, Monsieur Poirot”, murmuro mientras camino, ufano, por la
calle, sin percatarme de los dos hombres con pinta de policías de
paisano que me siguen los pasos desde que salí del portal.
Ganador del I Concurso de Relatos Entrevista2 (La Cuaderna del Norte), enero 2026