Camino apresurado por la acera, sin prestar atención a nada que no sean las punteras de mis zapatos avanzando por las baldosas. Quizá por eso no lo veo venir: de pronto, un impacto húmedo en mi cabeza me impulsa a llevar la mano hasta la región afectada y a soltar un feroz improperio al notar el pringue en mis dedos. Alzo la vista hacia la rama del árbol donde está aposentada la paloma que ha tenido la desfachatez de arrojarme uno de sus asquerosos proyectiles. Mírala, qué cara de satisfacción.
Sigo mi camino pero, concentrado en limpiarme el cuero cabelludo con un pañuelo de papel, no reparo en el camión que se me viene encima al cruzar la calle. Lo siguiente que veo es mi cuerpo allá abajo, en una cama de hospital, envuelto en un siniestro pitido plano. Después, una zona oscura y, al volver a abrir los ojos, me encuentro retrepado sobre la rama de un árbol, emitiendo un arrogante zureo.
Entonces me veo a mí mismo caminando apresurado por la acera, la cabeza baja, y sé exactamente cómo va a terminar esto. Podría dejarlo correr a ver si, por un milagro, regreso a mi estado anterior, pero elijo darme el gustazo y, en cuanto la cabeza se pone a tiro, suelto una bomba con todo mi cariño.
Ahora, toca alzar el vuelo y tratar de aprovechar lo mejor posible mi nueva vida, desoyendo los indignados berridos de mi antiguo yo.
Ganador de la V Edición del Concurso de Microrrelatos "La Turrona - Paco Esteban" (Jaraguas, Valencia), agosto 2026