Decían que era rarita ya desde pequeña, cuando les arrancaba las alas a las moscas y la cola a las lagartijas, hervía sapos en jugo de mandrágora, y bailaba desnuda en el bosque bajo la luna llena. Después, de mayor, decidió atender la extravagante petición de su abuelo de hacerse árbitro de primera división. Hasta ahora, en más de doscientos partidos, no ha tenido que sacar ninguna tarjeta roja ni pitar ningún penalti: basta con que mire a los jugadores a los ojos para que se comporten con exquisita cortesía. Nadie quiere acabar el partido convertido en un asqueroso ratón.
Publicado en la segunda propuesta (sexto día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)