Todo el mundo se había dado cuenta
de que la camiseta le estaba pequeña. También se habían
percatado de lo que eso implicaba. Pero a él le daba igual: ¿acaso
no se había zampado el cocodrilo un reloj, una radio, y unas
botas viejas? ¿Por qué él no podía comerse a un miserable mono
para sustituirle como delantero centro? La culpa era del elefante: si
le hubiera seleccionado para el equipo titular, no habría tenido que
llegar a ese extremo.
En cuanto el búho, retrepado a
salvo en su rama, pitó el inicio del encuentro, el leopardo atrapó
el balón y voló hacia la portería contraria, sin importarle lo más
mínimo ir enseñando el ombligo por debajo del borde de aquella
raquítica camiseta.
Publicado
en la cuarta propuesta (primer día) del concurso de microrrelatos "El
Mundial también se escribe" de Facebook (julio 2026)