Desde
que me desterraron, estoy que muerdo. Cierto es que disfruto horrores
infligiendo los más crueles castigos a los humanos que llegan hasta
aquí, pero con el paso del tiempo les he ido cogiendo manía y la
cosa ha llegado a tal punto que me gustaría verlos extinguidos y su
planeta arrasado.
Hace
tiempo, hice un primer intento con el agua, pero el Jefe, que se las
sabe todas, me vio venir y les instó a construir un arca que salvó
su especie y, de paso, algunas más. Mecachis. A partir de ahí, se
han dedicado a proliferar como conejos y en las calderas ya no damos
abasto. Últimamente me ha salido en los cuernos una incómoda
urticaria que, según el diablo encargado del servicio médico, se
debe a una galopante alergia al azufre. Normal, si es que no paramos.
Este
fin de semana, he decidido desatar todos los fuegos del infierno para
acabar de una vez por todas con el mundo. Y, solo por fastidiar, lo
haré coincidir con la misa de doce.
Publicado en la Revista Digital "Valencia Escribe" nº 18 (junio 2026)