Mientras
hablábamos -o, más bien, mientras mamá me echaba una bronca de
campeonato y yo escuchaba, en la actitud más sumisa que me permitía
el cuerpo-, no despegaba los ojos de los suyos, evitando por todos
los medios desviar la mirada hacia el armario del que provenían los
ruidos, para que no volviera a regañarme.
Aún
recuerdo cuando, la semana pasada, escuché en su interior un
estruendo muy grande y, al abrir la puerta, tropecé con una manada
de elefantes que lo atravesaban a la carrera, sorteando a duras penas
la ropa colgada. No consiguieron esquivarla toda, claro, y mi
chaqueta favorita, la de lana blanca con botones de perlitas, fue a
parar bajo sus patas y quedó llena de huellas de barro.
-¿La
chaqueta que he tenido que lavar a mano? -gruñó mamá cuando se lo
conté-. ¿La que te pusiste el domingo para ir al parque con papá,
y que dejaste por ahí tirada para que terminase siendo pisoteada por
los chiquillos?
-Por
los chiquillos no, mamá, fueron los elefantes de mi armario.
Pero
mamá soltó un bufido y no quiso seguir con el tema.
Unos
días después oí muchos golpes dentro del armario y, al asomarme
por la puerta entreabierta, sorprendí a un par de duendes dando
martillazos. Eran más simpáticos que los elefantes y me regalaron
una preciosa cunita de madera para mi muñeca favorita.
-¿De
qué hablas? -se extrañó mamá-. Esa cuna la compró papá en un
mercadillo, no sé por qué últimamente te ha dado esa manía de
inventarte historias.
Me mordí la lengua para no discutir
con ella y desde entonces no he vuelto a mencionar el armario de mi
cuarto: no le he dicho una palabra del ballet ruso que la otra tarde
salió dando saltos y haciendo piruetas, y me invitó a bailar con
ellos “El Lago de los Cisnes” sobre la alfombra -qué guapa me
veía con el tutú rosa que me prestaron-; ni del pozo mágico que
descubrí al día siguiente bajo las zapatillas de deporte, y que me
concedió el deseo de ponerles lucecitas de colores en los talones
-¡lo que fliparon mis amigas en el cole cuando las vieron!-; ni
siquiera de la casita de chocolate que apareció ayer entre las
mantas del altillo -ya veremos cuando llegue el invierno y mamá las
encuentre llenas de manchurrones-.
Pero esta mañana no he tenido más
remedio que pedirle ayuda. Me acababa de poner la ropa que había
sobre la silla -mamá siempre me la deja preparada la noche anterior,
para tardar menos-, cuando me ha parecido distinguir el sonido de
unos tambores en el interior del armario. Mamá me estaba llamando a
desayunar y no le gusta que me retrase, pero la curiosidad ha sido
más fuerte que el deber y he pensado que no pasaría nada por
asomarme sólo un momentito. ¿Y si era una fiesta y me la
estaba perdiendo? He abierto la puerta y no he podido evitar soltar
un chillido: entre las faldas de vuelo y los pantalones cortos estaba
papá, vestido de safari y atado a un poste. A través de la mordaza
que le tapaba la boca se escapaban murmullos ahogados en los que me
ha parecido distinguir, al menos, mi nombre, y pestañeaba tanto que
sus ojos parecían estar pidiendo socorro en morse. Mientras, unos
indígenas danzaban a su alrededor, cubiertos con taparrabos y
adornados con collares hechos de cuentas y plumas. Al oírme gritar,
se han vuelto hacia mí enseñando unos dientes muy afilados y
agitando las lanzas que llevaban en la mano.
Sin perder un segundo, he cerrado de
un portazo y he bajado a la carrera hacia la cocina, pero en mitad de
la escalera me he chocado con mamá, que subía a investigar por qué
tardaba tanto. Ha tenido que sacudirme por los hombros para que me
calmara un poco y pudiera contarle lo que me tenía tan agitada y, en
ese momento, no estaba yo para pararme a pensar y se lo he soltado
todo de sopetón.
-¡Papá está prisionero de una
tribu de salvajes que se lo quieren comer! -he gritado, aterrorizada.
-¿Quéeee? -ha chillado mamá, a su
vez, abriendo mucho los ojos-. ¿Dónde?
-¡En mi armario!
Entonces, le ha cambiado el color de
la cara. Ha apretado los labios muy fuerte y sus dedos se han
despegado de mis hombros.
-Baja a desayunar -ha mascullado
entre dientes. Al ver que yo empezaba a protestar, ha añadido, en
tono algo más alto-: Ahora mismo.
Y ha señalado con el brazo
extendido en dirección a la cocina.
-Pero es que... -he intentado, de
todas formas.
-¡Ni una palabra más, señorita!
He bajado el resto de la escalera
cabizbaja y con un gran peso en el pecho. Al sentarme frente al
cola-cao y la tostada, me he girado hacia ella y, con los ojos llenos
de lágrimas, le he preguntado, en un susurro:
-¿Podemos salvar a papá, por
favor?
Mamá ha suspirado, creo que le he
dado algo de penita, y ha meneado la cabeza.
-Tú desayuna y vete al colegio, que
ya me ocupo yo.
-Pero le vas a salvar, ¿verdad? Es
que los indígenas deben ser caníbales porque encima de la
estantería de las camisetas me ha parecido ver un caldero humeante.
Mamá ha fruncido el ceño y no ha
dicho más, pero con la mano me ha indicado que me diera prisa. El
reloj de la cocina marcaba ya y cuarto, así que he engullido el
desayuno a toda velocidad y he salido disparada hacia el colegio,
colgándome la mochila de camino.
-¡Ten cuidado al cruzar! -me ha
gritado mamá desde la ventana, como si fuera un día normal.
Yo he agitado la mano en respuesta,
como siempre, pero esta vez he añadido, mientras corría por la
acera:
-¡Vale, pero tú sube a salvar al
pobre papi!
Mamá ha desaparecido de la ventana
y yo he seguido corriendo. Menos mal que el colegio está cerca; aún
así he llegado por los pelos y me he llevado una bronca de la profe
de lengua, porque ya había cerrado la puerta de la clase -qué
exagerada, ni siquiera había llegado a sentarse en su silla-. He
pasado toda la mañana distraída, mirando una y otra vez el reloj,
sin escuchar apenas a los profesores y sin intervenir en las
conversaciones de mis amigas, que no hacían más que preguntarme lo
que me ocurría, pero yo no tenía ganas de contarles nada, estaba
demasiado preocupada por papá. ¿Habría llegado mamá a tiempo? O
bien, horror de los horrores, ¿la habrían hecho prisionera a ella
también?
Esa posibilidad, que no se me había
ocurrido antes, me ha puesto todos los pelos de punta y cuando, al
fin, ha sonado la campana, he cazado mi mochila al vuelo y he trotado
de nuevo hacia casa, rezando para que todo haya salido bien.
Y aquí estoy, llamando al timbre.
Mamá me abre la puerta sonriente, como de costumbre, lo cual me da
esperanzas.
-¿Has salvado a papá? -le
pregunto, casi sin resuello después de la carrera.
-He encontrado la solución
perfecta. Ya no tendremos más problemas con el dichoso armario.
Eso no me suena nada bien así que
corro -otra vez- escaleras arriba, con un mal presentimiento flotando
sobre mi cabeza. Al llegar a mi cuarto, abro la puerta con cierto
recelo y suelto un agudo chillido al ver el desaguisado: el macizo
armario de madera ha sido sustituido por una estructura metálica -de
IKEA, seguro, tiene toda la pinta- con unas barras horizontales a dos
alturas de donde cuelgan las perchas con mis vestidos, y unos
estantes de rejilla ocupando todo un lateral, donde se apilan mis
camisetas, jerseys y ropa interior. Todo bien a la vista, sin paredes
ni puerta alguna.
-¡Noooo! -grito, al borde del
llanto-. ¿Qué has hecho?
-Así ya no habrá más ruidos ni
más historias -se justifica mamá, en sus trece.
-¡Pero... pero...!
-Bueno, ya está, se acabó. Ponte a
hacer los deberes y no se hable más.
-¿Y qué has hecho con el armario?
-pregunto, débilmente.
-Se lo han llevado los del
Ayuntamiento. Supongo que lo venderán, la verdad es que me da lo
mismo, como si quieren hacer leña con él.
Sale de mi cuarto dando un portazo y
yo me tiro en la cama a llorar, desconsolada.
Pasan los días y, efectivamente, en
mi habitación no vuelve a oírse ningún ruido fuera de lo normal.
No más elefantes, ni duendes, ni bailarines de ballet. Tampoco hemos
vuelto a ver a papá. Mamá conferencia con la vecina de enfrente en
el rellano de la escalera cuando cree que no las oigo, y atrapo
alguna que otra palabra: “huir”, “pelandusca”, “dinero”.
Me pone triste que no me crea, pero me pone más triste aún pensar
en el pobre papi, sin saber si todavía está esperando a que vayamos
a rescatarle o si los indígenas caníbales lo han echado al
estofado.
Ahora me aplico mucho en clase de
geografía, para tratar de localizar en los mapas el poblado donde lo
tienen prisionero. Entonces, ya sólo me quedará encontrar otro
armario de madera y, con un poco de suerte, podré traer a papá de
vuelta a casa.
Finalista en el VI Concurso Letraheridos (abril 2026)
Se publicará en la Revista Digital "Letraheridos" nº 48 (agosto 2026)