Se miró en el espejo del vestuario.
El pantalón no era del color apropiado, le sobraban dos números en
las botas y la camiseta le estaba
pequeña. Y aun así, se le veía el chaval más feliz del mundo. Al
salir al campo detrás de la fila de jugadores, el estadio se puso en
pie para ovacionarle y unas lágrimas asomaron a sus ojos. No por
lástima, no, esa etapa ya pasó; tampoco de alegría, esa iba por
dentro, muy adentro, en sus mismos cimientos. Eran de emoción al
imaginar a su abuela viviendo todo aquello en el pueblo, sentada en
la cocina, con la oreja pegada a su vieja radio.
Envió un tímido saludo con la mano
a sus padres, que le sonreían desde la grada, y se dispuso a
ejecutar el saque de honor. Para eso estaba allí. Aunque la
equipación no fuera la adecuada: el flamante conjunto del equipo que
le habían regalado lo había guardado en la maleta como oro en paño
y se había enfundado su ropa de fútbol de toda la vida, la de antes
del accidente. Aunque solo fueran dos minutos de gloria. Aunque la
silla se atascase en el césped al empujar el balón con la rueda.
Había perdido un par de piernas
pero había ganado una vida.
Publicado
en la cuarta propuesta (primer día) del concurso de microrrelatos "El
Mundial también se escribe" de Facebook (julio 2026)