Como todas las noches, Juan sube a
encender el faro. En su familia es una tradición que suma ya tres
generaciones: su abuelo ayudó a construirlo con sus propias manos y,
una vez acabado, asumió el compromiso de mantenerlo siempre
encendido, en lo más crudo del crudo invierno o en lo más tórrido
del más tórrido de los veranos. En cuanto la luz de la tarde iba
rayando hacia tonos de naranja, el buen hombre subía las escaleras
de la torre, al principio saltando los peldaños de a tres, más
pausadamente con el paso de los años, y con visible esfuerzo hacia
el final, cuando ya la artrosis había hecho presa en sus recios
miembros.
Su hijo, el padre de Juan, sin
pasión especial por ningún otro oficio, hizo suyo el de su
progenitor, que le instruyó con mimo y paciencia en el noble arte de
prender la fogata que debía arder en el centro de la torre durante
toda la noche. Aún seguía el padre de Juan en esa dichosa etapa de
su juventud en la que los escalones corrían de tres en tres bajo sus
pies, cuando la hoguera fue sustituida por un potente foco y se
acristaló la torre, haciendo la tarea más sencilla a la par que más
confortable: allí dentro el invierno no era tan crudo ni el verano
tan tórrido como los que había sufrido el abuelo, que a esas
alturas descansaba ya muy cerca de allí, al pie de un roble, junto a
la Ermita. A veces, el padre de Juan se imaginaba al viejo farero,
yesca en mano, mirando con desprecio el interruptor del moderno foco,
componiendo aquella mueca torcida tan suya que no dejaba lugar a
dudas sobre su opinión acerca de aquellos “inventos del demonio”.
Una mueca que, sin darse cuenta, reproducía el hombre con toda
exactitud en su propio rostro cuando Juan intentaba enseñarle a
manejar un teléfono móvil.
Juan sí tenía pasión por otro
oficio distinto al de farero: le gustaba escribir. Desde niño, su
fértil imaginación no paraba de hilvanar historias en su rubia
cabecita y, con el correr del tiempo, esos cuentos infantiles
derivaron en relatos de intriga y de misterio, truculentas ficciones
próximas incluso, algunas de ellas, al terror, que le granjearon un
nombre y una reputación en la comunidad literaria, amén de pingües
beneficios con la aparición de cada nueva novela.
Cuando su padre, muy a su pesar, vio
llegado el momento de su jubilación, Juan ni se lo pensó: su
trabajo podía llevarse a cabo a la perfección desde cualquier
lugar, y aquél en concreto encajaba divinamente, con su ambiente
solitario y melancólico, en el marco de sus historias. Así pues, se
propuso matar dos pájaros de un tiro: seguir con la tradición
familiar, para regocijo de su progenitor, y aislarse en el faro para
escribir sus novelas en paz.
Y aquí sigue, diez años después,
subiendo noche tras noche a la torre en cuanto el primer rastro
carmesí mancha el horizonte, a pesar de que hace tiempo que existe
una conexión con el interruptor principal en el pequeño apartamento
bajo el faro, haciendo innecesaria la escalada. Pero a Juan le gusta
asomarse a la balconada que rodea el foco, enviar un silencioso
saludo hacia lo alto del monte en el que su padre reposa junto a su
abuelo, mano a mano, junto a la Ermita, y luego acodarse en la
barandilla a contemplar cómo la espuma de las olas se estrella
contra las rocas, salpicando de nieve la espesa negrura justo antes
de que el haz de luz la acuchille sin piedad, como el asesino de una
de sus novelas.
Esta noche, Juan está inquieto. El
cielo despejado, sin señal alguna de tormenta; el mar en calma,
espejo pulido donde las estrellas flotan, perezosas, a la deriva; la
leve brisa perfumada de sal que alborota sus cabellos con el cariño
de una madre... ningún indicio de nada fuera de lo corriente que
pueda inquietarle... y, sin embargo, Juan está inquieto.
Clava los ojos en la oscuridad que
lo rodea, esquivando con pericia el filo brillante que, de tanto en
tanto, la parte en dos. ¿Es un chapoteo eso que llega a sus oídos?
¿Un bote de remos, tal vez, acercándose sigiloso a la orilla? ¿O
es su imaginación, imbuida de la trama de su último libro, aún
inacabado, que juega con él al escondite? Para cerciorarse, baja a
la carrera de la torre, sale fuera atrapando al vuelo la linterna que
cuelga siempre junto a la puerta, y recorre el camino que serpentea
ladera abajo hasta morir en la diminuta playa. Allí, Juan tiene
varado un barquichuelo pegado a la pared de roca, bien a cubierto de
las mareas, para sus pequeñas incursiones marítimas en busca de
inspiración y, ocasionalmente, de algún pescado para cenar.
La luz de la linterna barre la
arena, remedando con modestia al potente foco que, justo en ese
instante, ilumina las oscuras aguas. Nada. Nadie. Juan hace un
segundo barrido y le parece descubrir un esquivo reflejo cerca de las
rocas del extremo. Hacia allá se encamina, cauteloso, con un redoble
de tambor vibrándole en el pecho y la boca reseca.
Viene a su memoria un cuento que su
abuelo le contaba de niño: la visita de una sirena cierta noche de
media luna, como la que hoy brilla sobre su rubia cabeza, una sirena
de doradas escamas que le dejó como regalo un bebé: el padre de
Juan. A continuación, su padre tomaba el relevo y le narraba
exactamente la misma fábula sólo que, en esta ocasión, el bebé
era él. Sacude la cabeza con una sonrisa, comprueba que las rocas
están desiertas y emprende el regreso al faro.
Bajo la media luna, un destello
dorado se sumerge en las aguas, sigiloso, mientras Juan cruza la
puerta y, atónito, escucha el débil llanto de un bebé.
Finalista en el Certamen Literario "Breverías" (Valdemoro, Madrid), abril 2026