Me levanto, me ducho, desayuno. Preparo el almuerzo de los peques, las mochilas, los llevo al cole: abrazos, peluches, alguna lagrimilla inoportuna, adioses. Pilates, supermercado, farmacia, cajero automático. Cinco minutos de charla con la vecina al salir del ascensor: un leve respiro antes de pelearme con el aspirador, la sopa, y el pesado de las tres menos cuarto que intenta colocarme por teléfono no sé qué promoción de un banco en el que ni siquiera tengo cuenta.
Un vistazo al reloj me enciende la lucecita amarilla: si no empiezo a comer ya, no llego a recoger a los niños. Entonces mis dedos, por su cuenta y riesgo, abren el cajón. Acarician el sobre por encima de la tinta, casi irreconocible ya, de mi nombre. Le dan la vuelta, tantean la solapa, casi esperando que los años la hayan ablandado y se abra sola, ya que yo no tengo el valor para hacerlo. Pero no, sigue firme, intacta, sin dejar escapar los sueños que se quedaron atrapados en su interior. Y prefiero que siga así, para poder mantener la ilusión de que al final de ese otro camino no había también una hipoteca, biberones nocturnos y un jefe despótico.
Ganador semanal del concurso de microrrelatos "El escritor que hay en ti" ("Las tardes de RNE", 15 septiembre 2026)