Ya hemos dispuesto sobre la mesa del
comedor los anteojos del abuelo Enrique, la aguja de calceta de la
abuela Teodora, la pluma estilográfica del tío Francisco, la paleta
matamoscas de papá y el cuchillo jamonero de mamá. Pero nos falta
algo suyo, algo que él realmente apreciase. "Necesitamos el
cromo de Iniesta", murmuró mi hermana, recordando aquella
colección de la que nunca se separaba, "era su favorito".
Yo corro a buscar el cartoncito descolorido y con una esquina
doblada. A la mesa.
Entonces abrimos el libro de
hechizos y empezamos con la invocación, colocando las manos
enlazadas sobre los objetos allí reunidos. Repetimos una y otra vez
la salmodia hasta que nuestro querido hermano aparece ante nosotras,
envuelto en humo blanco, con un halo rodeando su cabeza y cara de muy
mala leche.
Nos fijamos en su atuendo deportivo,
las botas de tacos, el número 6 en la camiseta roja. Y, tras la
tremenda filípica por haberlo sacado del partido que su equipo iba
ganando por goleada, nos insta a que revirtamos el conjuro y le
devolvamos sus alas para que pueda acabar el encuentro. "Lo de
la resurrección, si acaso, lo dejamos para cuando termine la
temporada".
Publicado en la segunda propuesta (primer día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)