Salí
de Sarnago siendo apenas un muchacho, con ínfulas de gran señor, de
futuro millonario, de triunfador. La capital se encargó de ponerme
en mi sitio y demostrarme que no era más que un soñador imberbe con
pocos conocimientos en la maleta. Aun así, mis habilidades sociales
y mis ganas de ascender pronto me permitieron establecerme y labrarme
una reputación. Un modesto piso, un coche pequeño, algunos ahorros.
Después llegaron el matrimonio, los hijos, los nietos, la
jubilación. Toda una vida resumida en cuatro frases.
Y
en ese punto, Sarnago retornó a mi vida. Mi hijo mayor vino un día
diciendo que en el pueblo se organizaba un concurso de relatos y me
enseñó una fotografía, por si me sonaba de algo. ¡Si me sonaba de
algo! ¿Cómo no me iba a sonar? En el lugar donde se abría aquel
ojo ahora tuerto y desgarrado hubo en tiempos una ventana y, junto a
ella, una puertecilla por donde yo salía a diario para dar de comer
a las gallinas y al cerdo, en un corral ahora sepultado entre zarzas
y malas hierbas. En la casa de enfrente vivía una moza que hacía lo
propio con sus animales y, mientras repartíamos el pienso, echábamos
a volar nuestros sueños a través de la verja metálica que
compartíamos.
La
humedad en mis ojos cansados impulsó a mi hijo a organizar una
excursión de fin de semana a Soria, para que los pequeñajos
pudieran ver dónde había dejado el abuelo sus raíces,
profundamente enterradas bajo aquellos adobes que fueron la casa
familiar y que ahora, al contacto con mis dedos arrugados, me inundan
de recuerdos, de historias, de vida.
Publicado en "Ventanas abiertas al horizonte", libro recopilatorio del III Concurso Literario "Abel Hernández" (Asociación de Amigos de Sarnago, Soria), agosto 2026