jueves, 2 de julio de 2026

LLEVAMOS ASÍ UNA ETERNIDAD

El bar estaba vacío de alegría, de ilusiones, de esperanza. La apabullante goleada en contra nos había dejado a todos planos y silenciosos. A primera hora de la tarde habíamos llegado animados y bullangueros, a ver en pantalla grande el partido crucial de nuestro equipo que nos permitiría, al fin, ascender a primera división. El primer gol lo habían marcado nuestros chicos -de cabeza, nada menos- y la reacción había sido estruendosa. Las botas firmadas por Pelé aún giraban colgadas en el ventilador del techo -para repartir suerte, dijo alguien- cuando llegó el empate y la peña enmudeció. Hasta la tortuga del hijo del dueño desapareció en el interior de su concha, agobiada. Después fueron cayendo uno tras otro los tantos del equipo contrario, como losas que iban sepultando nuestras voces en el vacío. Al final, tuvimos que resignarnos a seguir en segunda y, arrastrando los pies, regresamos al cementerio, donde nos recibió una marcha fúnebre que nos sonó a pitorreo. Nos despedimos con desgana y cada uno se encerró en su nicho, a aguardar la Liga del próximo año.

Publicado en la tercera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

miércoles, 1 de julio de 2026

ECOS DE LA MEMORIA

El bar estaba vacío, polvoriento, achacoso. Las botas de Don Ramón ya no hacían crujir los viejos tablones del suelo. La jaula de Toñín se balanceaba junto al ventanal, fauces desdentadas de cristales rotos, chirriando sin cesar su lamento por la ausencia del pajarillo que daba sentido a su existencia. La radio de la abuela permanecía muda en su rincón, empeñada ferozmente en olvidar aquel bolero que solía sonar a todas horas cuando el local bullía de vida, y cuyo ecos, a veces, aún se le escapaban sin querer por los altavoces en un murmullo entrecortado y melancólico.

Desde que el pueblo quedó desierto, nadie había vuelto a pisar por allí pero, en las noches de tormenta, cuando los rayos iluminaban los tejados, la antena del bar temblaba y el vetusto televisor reproducía de nuevo el encuentro de la selección en la final de aquel memorable Mundial, el último que habían visto todos juntos. Y las botas de Don Ramón saltaban de alegría al compás del himno, coreado por los trinos de Toñín, resonaban los silbidos y volaban las bufandas, y la radio gritaba sin cesar el gol de la victoria, mientras los jugadores se abrazaban en blanco y negro en la nevada pantalla. Después, al cesar la lluvia, todo volvía a congelarse en el silencio y en el tiempo, y de aquel partido no quedaban más que unos restos de confeti en el suelo y unas lágrimas de brandy empañando el mostrador.

Publicado en la tercera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

martes, 30 de junio de 2026

NO SON LOS MISMOS BRAZOS

El bar estaba vacío cuando entró ella, con un vestido ajustado que le ceñía unas curvas para despeñarse y unas botas hasta medio muslo que me recordaron a los piratas de las películas de mi infancia. La seguía un perrillo faldero con cara de malas pulgas que, en cuanto me descubrió tras la barra, se puso a emitir unos ladridos -si se les podía llamar así- breves y agudos, sumamente desagradables. Yo hice una mueca -no le tiré un vaso a la cabeza por ir con quien iba- y me limité a subir el volumen de la radio. Entonces me di cuenta de que sonaba Joe Cocker -¿pero que emisora había puesto, Madre de Dios?- pidiéndole que se desnudara. Ella sonrió, silenció al chucho con un gesto tajante, y se acomodó en un taburete frente a mí. Yo ya soñaba con que me pediría un sombrero para dejárselo puesto y quitarse todo lo demás cuando apareció en tromba toda la peña futbolera del barrio gritando a pleno pulmón que nuestro equipo había ganado el Mundial. Mira que me gusta el fútbol, y aún más celebrarlo con los muchachos, pero aquella intrusión me supo a demonios. Ella se encogió de hombros y sin pedirme siquiera un café, mucho menos un sombrero, nos abandonó en brazos de nuestra euforia y nuestra testosterona. Para ser sincero, en esa ocasión yo habría renunciado gustoso al ansiado título con tal de abandonarme en sus brazos.

Publicado en la tercera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

lunes, 29 de junio de 2026

SOLO UN MINUTO

Miró el reloj: tenía el tiempo justo. Desplegó estratégicamente las figuras de cartón por la grada y conectó el radiocasete con el temporizador. Entonces cogió un balón, avanzó por la banda, dribló a un defensa imaginario, disparó a puerta y marcó el gol de su vida, mientras el radiocasete estallaba en vítores y aplausos enfervorecidos. “¡A la bimbobá!”, clamaba la grabación. Corrió por el campo devolviendo aquellas sonrisas plastificadas, antes de recogerlo todo y sepultarlo en su mochila. Cuando el guardia se asomó para preguntarle qué tal llevaba la faena, ya estaba otra vez acoplado a la segadora de césped.

Publicado en la segunda propuesta (séptimo día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

domingo, 28 de junio de 2026

NI SE TE OCURRA

Decían que era rarita ya desde pequeña, cuando les arrancaba las alas a las moscas y la cola a las lagartijas, hervía sapos en jugo de mandrágora, y bailaba desnuda en el bosque bajo la luna llena. Después, de mayor, decidió atender la extravagante petición de su abuelo de hacerse árbitro de primera división. Hasta ahora, en más de doscientos partidos, no ha tenido que sacar ninguna tarjeta roja ni pitar ningún penalti: basta con que mire a los jugadores a los ojos para que se comporten con exquisita cortesía. Nadie quiere acabar el partido convertido en un asqueroso ratón.

Publicado en la segunda propuesta (sexto día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026). Mención del jurado.

viernes, 26 de junio de 2026

SIEMPRE MÁS

Hoy, al levantarme, me miro al espejo. Como cada día. Pero hoy no es el mismo espejo o, al menos, no es el mismo rostro el que me devuelve la mirada desde el otro lado del vidrio. Hoy tiene un año más. Las lumbares un poco más tocadas, el supraespinoso un poco más tenso, el pelo un poco más blanco. Todo más. Sí, todo: también más ganas de vivir, de viajar, de compartir. De hablar con los amigos, de comer helados, de escribir. Más inviernos pisando charcos, más veranos saltando olas, más noches en blanco, más estrellas que añorar. Porque no se cumplen 59 años todos los días, ni siquiera todos los años, es una vez en la vida y hay que aprovecharlos, como todos, ni más ni menos. Bueno, sí, más. Siempre más. Por eso, le estampo un sonoro beso a mi espejo de cumpleaños y me voy a desayunar, mientras él se queda ahí, con una sonrisa más bobalicona que nunca pintada en el vidrio.


QUIEROPERONOPUEDO

Por la mañana, ya vestido de colegiado, disfruta de lo lindo sacando tarjetas de todos los colores a su mujer, a sus hijos, a la vecina, hasta al gato. Por no haber comprado cereales, por tirar el zumo en el mantel, por sacar la basura a deshora, por clavar las uñas en el sofá.

Después, en el campo, debidamente ubicado en su puesto de linier, mira con infinita envidia al árbitro principal cada vez que éste se echa mano al bolsillo de la camisa.

Publicado en la segunda propuesta (quinto día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026). Mención del jurado.


jueves, 25 de junio de 2026

DAR CON LA TECLA

Siempre quise enrolarme en un circo. Lo primero que probé fue a amaestrar pulgas, pero era demasiada presión estar siempre pendiente de que no se escapasen camufladas en el primer perro que se cruzase en su camino. Eran muy díscolas, mis pulgas. Acabé por venderlas a un titiritero con pretensiones y compré una recua de perros amaestrados, con idea de enseñarles a jugar al fútbol -cuatro contra cuatro, ni el dinero ni la paciencia me daban para más-, conmigo de entrenador y árbitro al mismo tiempo.

El problema vino al darme cuenta de que un delantero centro era hembra y el defensa del equipo contrario le ponía ojitos. Por eso resultaban tan bien las tácticas de ataque de ella, mientras que las defensivas de él hacían agua por los cuatro costados, porque le cedía el paso y el balón en cuanto me despistaba. Nueve goles a cero después, cuatro de los chuchos ladraban exultantes, mientras que los otros cuatro gruñían y enseñaban los dientes. Bueno, tres en realidad: el defensa en cuestión se limitaba a mirar a su heroína con la lengua fuera y babeando cosa mala. No eran formas.

Al final, decidí vender también los perros y pasarme a las tácticas equilibradas, que son las que mejor funcionan para caminar por la cuerda floja.

Publicado en la segunda propuesta (cuarto día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

miércoles, 24 de junio de 2026

EN PRÁCTICAS

Alguien se había llevado el balón en nuestras narices. Desde que tocó en la bota de Juanito hasta que Emilín dio un puntapié al aire habían pasado apenas diez segundos, y nadie se había acercado a nosotros. Nos quedamos perplejos y desorientados, mirándonos unos a otros sin saber qué hacer. Toño propuso, con buen criterio, buscar la pelota: “no puede estar muy lejos”. Juanito se sonrojó, sabiendo que aludía a su escasa fuerza en los pases, y se fue a remover los matorrales del otro extremo del campo. Berto y yo revolvimos abrigos y mochilas, Quique se asomó al barranco del río, Paco inspeccionó los árboles vecinos. Todo en balde.

Mientras, Ernestina, con cara de póker, escondía a la espalda la varita del curso avanzado de magia que le había llegado por correo aquella misma mañana, junto con las instrucciones del primer hechizo: “desapariciones”.

Publicado en la segunda propuesta (tercer día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)

martes, 23 de junio de 2026

ULTRA EFICIENCIA

Alguien se había llevado el balón firmado por la selección de la vitrina de honor del club. Contratamos un detective para que le siguiera la pista, preparamos un maletín con billetes pequeños por si pedían rescate, mandamos cartas a los periódicos y empapelamos las farolas de la ciudad con pasquines. Unas horas después, el balón volvía a estar en su sitio, reluciente, sin una sola letra. Y el nuevo conserje presumía, ufano, de la receta de su bisabuela para limpiar los rayajos de cualquier superficie.

Publicado en la segunda propuesta (tercer día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)