Alguien
había arrancado y pisoteado los carteles que, por todo el pueblo,
prohibían leer y escribir. Indignado, el alcalde envió a los
soldados a la vieja escuela, que se había convertido en símbolo de
resistencia y de libertad. Al sargento que aplicó el hombro a la
puerta principal le costó derribarla, pero al fin la madera cedió y
los pupitres que la bloqueaban fueron apartados sin contemplaciones
mientras la tropa se abría paso por los pasillos hasta llegar al
aula del fondo. Allí, la maestra protegía con su cuerpecillo frágil
a un grupo de aterrados alumnos que estrechaban contra su pecho
libros, cuadernos y estuches, como si les fuera la vida en ello.
Los
soldados los agarraron a todos y los sacaron a empellones hasta el
patio, donde les aguardaba una desagradable sorpresa: los padres de
los chiquillos habían tolerado muchos abusos e injusticias, callando
para poder seguir viviendo tranquilos, pero no iban a dejar que les
pusieran la mano encima a los niños. Y, mientras aquella turba
enfurecida blandía horcas, palas y cuchillos de cocina, el pelotón
se vio atacado por la retaguardia por un inesperado contingente de
sillas y mesas, tizas y borradores, plumines y tinteros, pizarras y
papeleras, que salían de la escuela volando y los golpeaban en la
espalda, en la cabeza, en las piernas.
Bajo aquel intenso fuego
enemigo, no tuvieron más remedio que batirse en retirada y dejar que
las letras siguieran campando libres por la aldea.
Publicado en Facebook para la "Primavera de Microrrelatos Indignados", en apoyo de la revuelta de docentes valencianos por la Educación Pública (junio 2026)