La
ciudad, abandonada siglos atrás, había sido sepultada por la jungla
en un silencio absoluto, irrompible. Los melodiosos cantos de las
avecillas, el rugido ocasional de alguna alimaña o el burbujeo
incesante del río cercano no lograban más que arañar su
superficie, sin llegar a transitar las calles tapizadas de maleza ni
a penetrar en los edificios que abrían sus bocas desdentadas de
cristales rotos al tedio de las últimas horas de la tarde.
El
viajero -pantalón corto, camisa caqui, mochila a la espalda- se
detuvo en las lindes marcadas por mojones de piedra verdeada por los
años y la humedad. Enfocó los prismáticos y examinó, meticuloso,
cada pedacito de aquel paisaje híbrido de vida vegetal y
construcciones deshabitadas. ¿Qué horrible hecatombe había
obligado a huir a sus moradores, renunciando a sus hogares, sus
pertenencias, sus raíces? Nada a la vista sugería la más mínima
explicación: se requería una investigación más profunda.
Apenas
traspuso la línea invisible que trazaban las piedras, un malestar
indefinido aplastó su ánimo. ¿Podía ser alguna bacteria en el
aire que lo volvía sofocante? ¿O aquel silencio tan denso que le
estallaba en los oídos? ¿Quizá los miles de ojos que intuía a su
alrededor, observándolo maliciosos, aguardando la oportunidad para
arrojarse sobre él, sabe Dios con qué perversos fines?
El
viajero -sudoroso, temblando, acongojado- no llegó a percatarse de
lo ocurrido cuando uno de los altos edificios se arqueó y colocó el
vacío hueco de su portal sobre la insignificante figurita para
deglutirla sin dejar rastro. Después, regresó a su posición
original con leves crujidos -y, tal vez, un disimulado eructo-, se
sacudió para acomodar su espesa melena de hiedra y dejó paso, de
nuevo, al silencio.
Publicado en la Revista Digital "Pansélinos" nº 54 (julio 2026)