La idea de merodear por las casas de la gente no me seducía demasiado, pero era un empleo fijo, bien retribuido, y con unas vacaciones más que generosas, así que acepté el puesto. En homenaje a mis predecesores, y aunque el rojo nunca me ha sentado bien -tengo la piel demasiado pálida-, me ceñí el traje que encontré colgado en el armario y me coloqué el odioso gorrito a juego. También consentí en dejarme crecer una poblada barba que, sinceramente, creo que me otorga no poca distinción. Lo que no estoy dispuesto a tolerar, como soltero pertinaz que soy y a mucha honra, es que cualquier hijo de vecino me llame Papá, por muy Noel que sea.
Publicado en la Revista Digital "Valencia Escribe" nº 16 (diciembre 2025)
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