En algún lugar sonó un silbato: lejos, muy lejos, pasó un tren cortando el paisaje. Aprovecharon el sonido como señal del inicio del partido y se desplazaron sobre la hierba húmeda de rocío a toda la velocidad que les permitían sus menudos cuerpos. Que no era mucha. Aunque todo es relativo y ellos tenían la impresión de estar volando hacia la única portería de que disponían, delimitada por un par de palos pinchados en el suelo. Habían sorteado los equipos nada más llegar al campo pero ninguno recordaba ya cuáles eran las alineaciones, ni falta que hacía: el objetivo era marcar un gol, y daba lo mismo si el pase lo había servido un camarada o un contrario, al fin y al cabo se trataba de un partido amistoso y pensaban celebrarlo con la misma euforia fuera cual fuese el color de la ausente camiseta victoriosa. Y ahí estaba, por fin habían conseguido acercarse a la portería cuando apareció una nube y, fieles a las viejas costumbres, todos retrajeron sus cuernos y desaparecieron dentro de sus conchas hasta que saliera de nuevo el sol, sin importar los abucheos de las decepcionadas amapolas o que el bicho bola que usaban como balón aprovechara para darse a la fuga.
Publicado en la primera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)
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