En algún lugar sonó un silbato y todos se detuvieron. Sin apartar los ojos de la pantalla, traté de identificar quién había producido el discordante sonido. Al parecer, el culpable era el señor vestido de negro, el que no pertenecía a ninguno de los dos equipos que se enfrentaban. Se me escapaba el por qué del pitido, de sus manoteos agitados en todas direcciones, de los gritos y protestas de los jugadores, del indignado clamor en las gradas... Estaba claro que aún me quedaba mucho que descifrar antes de estar en condiciones de replicar aquel extraño modo de pasar el tiempo llamado “partido de fútbol”. A fuerza de revisar antiguas películas encontradas por casualidad en una polvorienta caja, en el interior de un vetusto y aún más polvoriento edificio llamado “estadio”, me iba haciendo una composición de las reglas del juego, y estaba seguro de poder organizar uno de aquellos encuentros para las celebraciones del Día de la Invasión. Pero reconozco que habría sido mucho más sencillo que un humano me explicase ciertas cosas. Si hubiéramos dejado alguno vivo.
Publicado en la primera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)
No hay comentarios:
Publicar un comentario