El inquilino de la celda que está frente a la mía, la número ocho, no me gusta nada. Sus ojos inyectados en sangre me miran con fijeza si se cruzan, por azar, con los míos, prometiendo crueldades sin fin. Sus dientes relucen en la oscuridad del rincón en el que permanece siempre agazapado, como cuchillos prestos a clavarse en la carne de un presunto enemigo. No habla pero, de cuando en cuando, un gruñido profundo y peligroso brota de lo más recóndito de su pecho, poniéndome de punta todos los pelos del cuerpo.
Ojalá alguien venga pronto, se enamore de mi carita dulce y cariñosa, y me saque de esta espantosa perrera.
Publicado en la Revista Digital "Valencia Escribe" nº 19 (octubre 2026)
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