miércoles, 1 de julio de 2026

ECOS DE LA MEMORIA

El bar estaba vacío, polvoriento, achacoso. Las botas de Don Ramón ya no hacían crujir los viejos tablones del suelo. La jaula de Toñín se balanceaba junto al ventanal, fauces desdentadas de cristales rotos, chirriando sin cesar su lamento por la ausencia del pajarillo que daba sentido a su existencia. La radio de la abuela permanecía muda en su rincón, empeñada ferozmente en olvidar aquel bolero que solía sonar a todas horas cuando el local bullía de vida, y cuyo ecos, a veces, aún se le escapaban sin querer por los altavoces en un murmullo entrecortado y melancólico.

Desde que el pueblo quedó desierto, nadie había vuelto a pisar por allí pero, en las noches de tormenta, cuando los rayos iluminaban los tejados, la antena del bar temblaba y el vetusto televisor reproducía de nuevo el encuentro de la selección en la final de aquel memorable Mundial, el último que habían visto todos juntos. Y las botas de Don Ramón saltaban de alegría al compás del himno, coreado por los trinos de Toñín, resonaban los silbidos y volaban las bufandas, y la radio gritaba sin cesar el gol de la victoria, mientras los jugadores se abrazaban en blanco y negro en la nevada pantalla. Después, al cesar la lluvia, todo volvía a congelarse en el silencio y en el tiempo, y de aquel partido no quedaban más que unos restos de confeti en el suelo y unas lágrimas de brandy empañando el mostrador.

Publicado en la tercera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)