sábado, 4 de julio de 2026

HACIENDO BALANCE

Se miró en el espejo del vestuario. El pantalón no era del color apropiado, le sobraban dos números en las botas y la camiseta le estaba pequeña. Y aun así, se le veía el chaval más feliz del mundo. Al salir al campo detrás de la fila de jugadores, el estadio se puso en pie para ovacionarle y unas lágrimas asomaron a sus ojos. No por lástima, no, esa etapa ya pasó; tampoco de alegría, esa iba por dentro, muy adentro, en sus mismos cimientos. Eran de emoción al imaginar a su abuela viviendo todo aquello en el pueblo, sentada en la cocina, con la oreja pegada a su vieja radio.

Envió un tímido saludo con la mano a sus padres, que le sonreían desde la grada, y se dispuso a ejecutar el saque de honor. Para eso estaba allí. Aunque la equipación no fuera la adecuada: el flamante conjunto del equipo que le habían regalado lo había guardado en la maleta como oro en paño y se había enfundado su ropa de fútbol de toda la vida, la de antes del accidente. Aunque solo fueran dos minutos de gloria. Aunque la silla se atascase en el césped al empujar el balón con la rueda.

Había perdido un par de piernas pero había ganado una vida.

Publicado en la cuarta propuesta (primer día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (julio 2026)

No hay comentarios:

Publicar un comentario