domingo, 4 de enero de 2026

AL RAYAR EL ALBA

Cinco minutos para el alba.

Camino desorientado entre la arboleda, sin saber cómo he llegado hasta aquí ni cuál es el propósito de mi presencia en este solitario paraje. La línea del horizonte transcurre discontinua entre los troncos de añosos pinos, robustas encinas y altos robles, mostrándose ante mis ojos como una sucesión de puntos y rayas que parece querer comunicarme un mensaje incomprensible para mi cerebro, profano en los entresijos del código morse.

Hacia allí dirijo mis pasos, buscando en esa tímida luz previa al amanecer alguna pista, el más leve indicio que desvele el misterio de por qué las suelas de mis botas no hacen crujir las agujas de pino que cubren el suelo, por qué los arbustos no pinchan mis piernas a través de los vaqueros, o por qué el aliento que brota de mis labios en este gélido ambiente no forma nubecillas ante mis ojos.

Cuatro minutos para el alba.

Al fin he conseguido salir del bosquecillo y me he encontrado en lo alto de una loma con privilegiadas vistas sobre la ciudad. Las casas bostezan con puertas y ventanas, vomitando a las calles una riada inagotable de sombras que se deslizan apresuradas, como ratones grises recorriendo su laberinto diario.

Recuerdo haber traído aquí a mi novia muchos fines de semana, al filo del anochecer, cuando los guiños de las farolas iban a más en vez de a menos, y esa misma riada de autómatas regresaba al hogar arrastrando los pies tras una dura jornada. Dirijo la mirada hacia la explanada donde solíamos aparcar, buscando la familiar silueta de mi viejo coche, y mis ojos tropiezan con otro vehículo, casi exactamente en el mismo lugar, y también ocupado por una pareja.

Algo se remueve en mis entrañas, algo recio y desagradable, una sensación de fatalidad que me impele a acercarme a ese coche extraño y, no obstante, conocido. Tras unos primeros pasos vacilantes, la inquietud me acelera pulso y zancadas, y llego junto a él a la carrera, frenando en el último instante para no estamparme contra la carrocería. Jadeante, agacho la cabeza y escudriño a través de la ventanilla, empañada por el calor que desprenden esos dos cuerpos que se retuercen en una frenética danza de ropas revueltas y manos ansiosas, en una sinfonía de gemidos compartidos y palabras masculladas contra labios ajenos, en un recital de ávidas caricias y de besos húmedos. Aturdido, contemplo a mi mujer –es ella, sin duda alguna– enfrascada en los prolegómenos del apareamiento con un hombre que no soy yo.

Tres minutos para el alba.

Algo hierve en mi interior. Incredulidad, rabia, furia asesina.

Soy incapaz de dejar de mirar, de apartarme, de dar la vuelta y huir. Es como si un imán invisible me retuviera en el sitio, boquiabierto, ojiplático. Esas palabras, esos besos, esas caricias que la infiel prodiga al usurpador, cuando deberían ser mías, me queman el alma.

Y, de golpe, los recuerdos vuelven a mí, inundan con su impetuoso oleaje todos y cada uno de los meandros de mi cerebro. Desfilan ante mis ojos, como una película en blanco y negro, los dos últimos meses. Dos meses desde que la traidora posó la vista sobre el nuevo jefe y decidió que era más joven, más guapo y más prometedor que yo.

Dos largos meses de reunirse con él, los dos solos en su despacho a puerta cerrada, mientras yo aguantaba el chaparrón en la sala común, tratando de hacer oídos sordos a los cuchicheos y las cuchufletas a mi alrededor; de arrimarse a él en el ascensor atestado, sin importarle que el arrebol de su rostro delatase las actividades ilícitas que transcurrían en los bajos fondos; de pretextar una cena de trabajo para invitarle, al salir de la oficina, a algún antro con poca luz y mucha tolerancia, regresando a casa tarde y con un brillo lúbrico en la mirada.

Dos meses eternos, amargos, devastadores. Dos meses insoportables. Y entonces, en un arranque de orgullo herido, mi estúpida amenaza de tirarme desde un puente si seguía con sus engaños. Y su risa, jocosa, escéptica, que me empujó a coger el coche y dirigirme al puente más cercano, donde seguramente no habría llevado a cabo ese ridículo ultimátum, aunque tampoco se me permitió tomar la decisión por mí mismo: el hado estaba ocurrente ese día y, nada más acceder al puente, fui arrollado por un pesado camión que perdió el control. Un par de vueltas de campana y, luego, vacío y oscuridad.

Dos minutos para el alba.

La cólera me corroe, no puedo quedarme quieto, necesito hacer algo. Algo que interrumpa este impúdico festival amoroso.

Exhalo mi aliento sobre el parabrisas delantero, que se cubre de una tenue capa escarchada. Los crujidos del cristal al contacto con el frío alertan a la parejita. Exclamaciones de sorpresa: bien. Me sitúo junto a la ventanilla cerrada, la atravieso delicadamente con un brazo y paso la mano ante el rostro de ambos, rozándoles apenas la cara con mis invisibles dedos helados. Gritos de alarma: muy bien. La cabeza sigue al brazo al interior del vehículo y aproximo a ellos mi boca incorpórea para susurrar sílabas sin sentido junto a sus oídos. Chillidos de puro terror: excelente.

Cuando pronuncio claramente sus nombres, con una voz de ultratumba que incluso a mí me pone los pelos de punta, ella esconde la cabeza entre los brazos y solloza con fuerza mientras él, muy pálido, abre la portezuela y se arroja fuera del coche, emprendiendo una atolondrada huida a cuatro patas. Magnífico. Este espectáculo de angustia y desesperación extremas mitiga en cierto modo los padecimientos de estos dos últimos meses.

Un minuto para el alba.

Mi mujer y su amante han recuperado el aplomo antes de lo que esperaba y han husmeado por los alrededores en busca de posibles bromistas. Por supuesto, no han encontrado a nadie porque no había nadie que encontrar, y yo he tenido buen cuidado de permanecer quietecito y en silencio. Aún así, han aceptado la explicación del intruso guasón como la más lógica y probable y, dando un rápido carpetazo al asunto, se han apresurado a subirse al coche y hacer mutis por el foro.

Yo me he quedado un rato más sentado sobre una piedra, saboreando esos momentos de pánico por su parte y de alborozo por la mía, breves pero intensos, como un dulce prohibido, tanto más exquisito cuanto más pecaminoso. A medida que la claridad del amanecer va adquiriendo consistencia, yo me siento cada vez menos consistente: supongo que los primeros rayos del sol naciente marcarán mi completa desaparición, aunque espero que ésta no sea definitiva y que, por simetría, el último rayo del sol poniente traiga mi espectro nuevamente al mundo de los vivos.

Ahora que he visto lo divertido que puede ser hacerle la vida imposible a este par de adúlteros, no me parece tan mal esto de ser un fantasma. A fuerza de concentración consigo envolver mi figura en un tenue resplandor e incluso me levanto del suelo un par de centímetros, lo suficiente para mostrarme como una aparición flotante, más o menos translúcida si bien confío que perfectamente reconocible. Ya me imagino sus ojos desorbitados, sus bocas abiertas, sus temblores convulsivos... todo un bálsamo reconfortante para mi pobre espíritu condenado que, al rayar el alba, como un reloj, se desvanece en la nada.

Y, mientras me esfumo, me regocijo con la certeza de que en mi particular infierno nocturno vamos a ser tres.

Finalista del III Certamen Literario "Cuzcurrita de Río Tirón" (Ayuntamiento de Cuzcurrita de Río Tirón y Grano de Arena) y publicado en antología, diciembre 2025

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