domingo, 18 de enero de 2026

¿DE QUÉ PERIÓDICO HAS DICHO QUE ERES?

-¿Puede decirme cómo resuelve usted sus casos, Monsieur Poirot?

El famoso detective me mira, parpadea, se atusa los bigotes.

-En serio, no esperará usted que conteste a esa pregunta, ¿verdad, muchacho?

El tonillo, aparte de estar teñido de acento francés, resulta por demás impertinente, como dando por hecho que alguien de aspecto tan insulso e imberbe como el que me toca contemplar en el espejo cada mañana jamás podría llegar a entender los intrincados procesos que tienen lugar en un privilegiado cerebro como el del hombre que tengo delante. Carraspeo, me revuelvo en la silla -la más incómoda de la habitación, seguro que lo ha hecho a propósito-, y empuño el bolígrafo y la libreta de notas con más empeño, si cabe, que antes.

-Lo que quiero decir es que no me creo que resuelva usted un asesinato, por poner un ejemplo, desde el sillón de su casa, sin mover un solo dedo, como ha declarado en ocasiones.

Toma ya. A ver por dónde sales ahora.

Frunce el ceño ominosamente, y por un instante me veo de patitas en la calle, sin entrevista y sin haber probado las pastas que aún permanecen intactas en una bandeja, sobre la mesita de café. Pero no. Como imaginaba, su desmesurado ego no le permite dejar que un profano como yo se marche con una idea equivocada de la soberbia potencia de su intelecto. Allá vamos: inspira hondo, se yergue en su sillón de orejas, eleva las cejas y abre la boca. Mis dedos se cierran sobre el bolígrafo y lo apoyo en la libreta, presto a lanzarme a escribir a toda velocidad en cuanto comience la esperada verborrea.

Y, en efecto, el tipejo me ofrece una disertación en toda regla acerca de las ventajas de estudiar cuidadosamente cada una de las pistas, cada uno de los posibles rumbos de la investigación, cada una de las hipotéticas soluciones del caso, para ir descartándolas una a una según se comprueba que resultan incongruentes.

-Así -afirma, con expresión plácida, mientras cruza las manos sobre el regazo y se recuesta de nuevo en el sillón- se llega a la única conclusión posible que, por supuesto, es la acertada.

-Pero tendrá que revisar la escena del crimen y las pistas con sus propios ojos...

-¡No, no, no! Los ojos son la fuente más frecuente de engaño, créame: el cerebro es el único que puede separar lo importante de lo inútil. Yo dejo que otros me cuenten lo que ven, y mi mente lo interpreta correctamente.

Este tipo es del todo insufrible. Ya antes lo sospechaba, pero ahora lo he comprobado de primera mano.

-Muy bien, Monsieur Poirot. Con esto tengo material más que suficiente, le agradezco infinito su atención y su paciencia.

Y, estrechando su mano, abandono el cuarto con toda la rapidez que mis piernas me permiten. En una cosa tiene razón el afamado detective: no necesito que mis ojos asistan a la escena siguiente, me la puedo imaginar a la perfección y con todo lujo de detalles. Cómo se dará cuenta de que mi libreta de notas ha quedado olvidada sobre la mesita de café, junto a las pastas sin tocar; cómo la abrirá, intrigado por saber lo que he escrito sobre él; cómo encontrará la lista de víctimas del llamado “asesino del sello”, rubricada en la esquina superior izquierda por una marca idéntica a la que el criminal graba sobre la frente de los cadáveres, y que la policía no ha dado a conocer; cómo llegará a la inevitable conclusión de que el apocado muchacho que ha tenido enfrente no es quien aparenta.

Jaque Mate, Monsieur Poirot”, murmuro mientras camino, ufano, por la calle, sin percatarme de los dos hombres con pinta de policías de paisano que me siguen los pasos desde que salí del portal.

Ganador del I Concurso de Relatos Entrevista2 (La Cuaderna del Norte), enero 2026

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