Llego a casa como de costumbre, puntual como un reloj de arena.
Abrigo al perchero, llaves en su cuenco, zapatos al rincón. Pongo proa hacia el dormitorio, en busca de la ansiada ducha que me relaje después de un día de trabajo agotador. Chaqueta al respaldo de la silla, falda estirada sobre la cama, blusa al suelo junto con la ropa interior -nota mental: hay que poner la lavadora esta noche sin falta-.
Abro la puerta del baño y mi sorpresa es mayúscula: una densa neblina de vapor lo inunda todo, impidiéndome distinguir nada a menos de un palmo de mis narices. El aroma de mi gel favorito me anima a internarme en esa bruma húmeda, en dirección al sonido de unos chapoteos intermitentes. Pensaba que mi novio me había preparado un baño de espuma pero, al parecer, lo está tomando él. ¿O es que su intención es compartirlo?
Animada por esa perspectiva, alcanzo la bañera y me meto dentro. Justo en ese instante, llega flotando la voz de mi novio desde el dormitorio, avisándome de que no moleste a su nueva mascota, que tiene muy mal genio. Demasiado tarde: el cocodrilo ya me ha visto.
Finalista en el III Concurso de Microrrelatos organizado por la Fundación Miguel Carreras (Zaragoza), abril 2026
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