martes, 7 de abril de 2026

ESTO NO ES NARNIA

Mientras hablábamos -o, más bien, mientras mamá me echaba una bronca de campeonato y yo escuchaba, en la actitud más sumisa que me permitía el cuerpo-, no despegaba los ojos de los suyos, evitando por todos los medios desviar la mirada hacia el armario del que provenían los ruidos, para que no volviera a regañarme.

Aún recuerdo cuando, la semana pasada, escuché en su interior un estruendo muy grande y, al abrir la puerta, tropecé con una manada de elefantes que lo atravesaban a la carrera, sorteando a duras penas la ropa colgada. No consiguieron esquivarla toda, claro, y mi chaqueta favorita, la de lana blanca con botones de perlitas, fue a parar bajo sus patas y quedó llena de huellas de barro.

-¿La chaqueta que he tenido que lavar a mano? -gruñó mamá cuando se lo conté-. ¿La que te pusiste el domingo para ir al parque con papá, y que dejaste por ahí tirada para que terminase siendo pisoteada por los chiquillos?

-Por los chiquillos no, mamá, fueron los elefantes de mi armario.

Pero mamá soltó un bufido y no quiso seguir con el tema.

Unos días después oí muchos golpes dentro del armario y, al asomarme por la puerta entreabierta, sorprendí a un par de duendes dando martillazos. Eran más simpáticos que los elefantes y me regalaron una preciosa cunita de madera para mi muñeca favorita.

-¿De qué hablas? -se extrañó mamá-. Esa cuna la compró papá en un mercadillo, no sé por qué últimamente te ha dado esa manía de inventarte historias.

Me mordí la lengua para no discutir con ella y desde entonces no he vuelto a mencionar el armario de mi cuarto: no le he dicho una palabra del ballet ruso que la otra tarde salió dando saltos y haciendo piruetas, y me invitó a bailar con ellos “El Lago de los Cisnes” sobre la alfombra -qué guapa me veía con el tutú rosa que me prestaron-; ni del pozo mágico que descubrí al día siguiente bajo las zapatillas de deporte, y que me concedió el deseo de ponerles lucecitas de colores en los talones -¡lo que fliparon mis amigas en el cole cuando las vieron!-; ni siquiera de la casita de chocolate que apareció ayer entre las mantas del altillo -ya veremos cuando llegue el invierno y mamá las encuentre llenas de manchurrones-.

Pero esta mañana no he tenido más remedio que pedirle ayuda. Me acababa de poner la ropa que había sobre la silla -mamá siempre me la deja preparada la noche anterior, para tardar menos-, cuando me ha parecido distinguir el sonido de unos tambores en el interior del armario. Mamá me estaba llamando a desayunar y no le gusta que me retrase, pero la curiosidad ha sido más fuerte que el deber y he pensado que no pasaría nada por asomarme sólo un momentito. ¿Y si era una fiesta y me la estaba perdiendo? He abierto la puerta y no he podido evitar soltar un chillido: entre las faldas de vuelo y los pantalones cortos estaba papá, vestido de safari y atado a un poste. A través de la mordaza que le tapaba la boca se escapaban murmullos ahogados en los que me ha parecido distinguir, al menos, mi nombre, y pestañeaba tanto que sus ojos parecían estar pidiendo socorro en morse. Mientras, unos indígenas danzaban a su alrededor, cubiertos con taparrabos y adornados con collares hechos de cuentas y plumas. Al oírme gritar, se han vuelto hacia mí enseñando unos dientes muy afilados y agitando las lanzas que llevaban en la mano.

Sin perder un segundo, he cerrado de un portazo y he bajado a la carrera hacia la cocina, pero en mitad de la escalera me he chocado con mamá, que subía a investigar por qué tardaba tanto. Ha tenido que sacudirme por los hombros para que me calmara un poco y pudiera contarle lo que me tenía tan agitada y, en ese momento, no estaba yo para pararme a pensar y se lo he soltado todo de sopetón.

-¡Papá está prisionero de una tribu de salvajes que se lo quieren comer! -he gritado, aterrorizada.

-¿Quéeee? -ha chillado mamá, a su vez, abriendo mucho los ojos-. ¿Dónde?

-¡En mi armario!

Entonces, le ha cambiado el color de la cara. Ha apretado los labios muy fuerte y sus dedos se han despegado de mis hombros.

-Baja a desayunar -ha mascullado entre dientes. Al ver que yo empezaba a protestar, ha añadido, en tono algo más alto-: Ahora mismo.

Y ha señalado con el brazo extendido en dirección a la cocina.

-Pero es que... -he intentado, de todas formas.

-¡Ni una palabra más, señorita!

He bajado el resto de la escalera cabizbaja y con un gran peso en el pecho. Al sentarme frente al cola-cao y la tostada, me he girado hacia ella y, con los ojos llenos de lágrimas, le he preguntado, en un susurro:

-¿Podemos salvar a papá, por favor?

Mamá ha suspirado, creo que le he dado algo de penita, y ha meneado la cabeza.

-Tú desayuna y vete al colegio, que ya me ocupo yo.

-Pero le vas a salvar, ¿verdad? Es que los indígenas deben ser caníbales porque encima de la estantería de las camisetas me ha parecido ver un caldero humeante.

Mamá ha fruncido el ceño y no ha dicho más, pero con la mano me ha indicado que me diera prisa. El reloj de la cocina marcaba ya y cuarto, así que he engullido el desayuno a toda velocidad y he salido disparada hacia el colegio, colgándome la mochila de camino.

-¡Ten cuidado al cruzar! -me ha gritado mamá desde la ventana, como si fuera un día normal.

Yo he agitado la mano en respuesta, como siempre, pero esta vez he añadido, mientras corría por la acera:

-¡Vale, pero tú sube a salvar al pobre papi!

Mamá ha desaparecido de la ventana y yo he seguido corriendo. Menos mal que el colegio está cerca; aún así he llegado por los pelos y me he llevado una bronca de la profe de lengua, porque ya había cerrado la puerta de la clase -qué exagerada, ni siquiera había llegado a sentarse en su silla-. He pasado toda la mañana distraída, mirando una y otra vez el reloj, sin escuchar apenas a los profesores y sin intervenir en las conversaciones de mis amigas, que no hacían más que preguntarme lo que me ocurría, pero yo no tenía ganas de contarles nada, estaba demasiado preocupada por papá. ¿Habría llegado mamá a tiempo? O bien, horror de los horrores, ¿la habrían hecho prisionera a ella también?

Esa posibilidad, que no se me había ocurrido antes, me ha puesto todos los pelos de punta y cuando, al fin, ha sonado la campana, he cazado mi mochila al vuelo y he trotado de nuevo hacia casa, rezando para que todo haya salido bien.

Y aquí estoy, llamando al timbre. Mamá me abre la puerta sonriente, como de costumbre, lo cual me da esperanzas.

-¿Has salvado a papá? -le pregunto, casi sin resuello después de la carrera.

-He encontrado la solución perfecta. Ya no tendremos más problemas con el dichoso armario.

Eso no me suena nada bien así que corro -otra vez- escaleras arriba, con un mal presentimiento flotando sobre mi cabeza. Al llegar a mi cuarto, abro la puerta con cierto recelo y suelto un agudo chillido al ver el desaguisado: el macizo armario de madera ha sido sustituido por una estructura metálica -de IKEA, seguro, tiene toda la pinta- con unas barras horizontales a dos alturas de donde cuelgan las perchas con mis vestidos, y unos estantes de rejilla ocupando todo un lateral, donde se apilan mis camisetas, jerseys y ropa interior. Todo bien a la vista, sin paredes ni puerta alguna.

-¡Noooo! -grito, al borde del llanto-. ¿Qué has hecho?

-Así ya no habrá más ruidos ni más historias -se justifica mamá, en sus trece.

-¡Pero... pero...!

-Bueno, ya está, se acabó. Ponte a hacer los deberes y no se hable más.

-¿Y qué has hecho con el armario? -pregunto, débilmente.

-Se lo han llevado los del Ayuntamiento. Supongo que lo venderán, la verdad es que me da lo mismo, como si quieren hacer leña con él.

Sale de mi cuarto dando un portazo y yo me tiro en la cama a llorar, desconsolada.


Pasan los días y, efectivamente, en mi habitación no vuelve a oírse ningún ruido fuera de lo normal. No más elefantes, ni duendes, ni bailarines de ballet. Tampoco hemos vuelto a ver a papá. Mamá conferencia con la vecina de enfrente en el rellano de la escalera cuando cree que no las oigo, y atrapo alguna que otra palabra: “huir”, “pelandusca”, “dinero”. Me pone triste que no me crea, pero me pone más triste aún pensar en el pobre papi, sin saber si todavía está esperando a que vayamos a rescatarle o si los indígenas caníbales lo han echado al estofado.

Ahora me aplico mucho en clase de geografía, para tratar de localizar en los mapas el poblado donde lo tienen prisionero. Entonces, ya sólo me quedará encontrar otro armario de madera y, con un poco de suerte, podré traer a papá de vuelta a casa.

Finalista en el VI Concurso Letraheridos (abril 2026)

Se publicará en la Revista Digital "Letraheridos" nº 48 (agosto 2026)

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