Mi yaya tiene
pájaros en la cabeza,
arrullando todo el día
bajo las tejas.
Mamá le pide
que ponga la mesa:
tenedores y cuchillos,
cucharas y servilletas,
ya está todo listo
en la bandeja.
Pero yaya ve las flores
a través de la ventana,
¡qué preciosos sus colores!
se diría que la llaman.
Y sale a sentarse al campo.
¿Y la bandeja? Olvidada.
Papá le pide
que pasee al perro,
que necesita ejercicio,
quizás enterrar un hueso.
En el jardín del vecino
termina cavando un hueco
porque yaya en su camino
encuentra una mariposa.
¡Ay, qué cosa tan hermosa!
¡Y su vuelo, qué divino!
Y se olvida del deber
con el amigo canino.
Y así, siempre, las tareas
que yaya tiene que hacer
suelen verse relegadas
si se le cruza una idea,
o una mosca, o lo que sea,
o una guitarra rasguea
al filo de anochecer.
El médico intenta
mitigar el desliz,
sin caer en la cuenta
de que, así, ella es feliz:
las aves de su cabeza
trinan de noche y de día,
haciéndole compañía
y espantando la tristeza
cuando la arrullan
bajo las tejas.
Finalista en el 16º Certamen "Picapedreros" de Poesía, de la revista "La Oca Loca" (Daroca, Zaragoza), abril 2026
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