Se acercaba el final. Lo sabía. El pitido de la maquinita conectada a mi pecho me lo decía a gritos. Maldición. ¿Por qué había tenido que empeñarse Paula en que la llevase al cine? Precisamente esa tarde, que jugaba España los cuartos del Mundial. Puse una excusa ininteligible y salí a la carrera, a ver el partido en un bar.
Tras una docena de cervezas que no lograron mitigar los nervios de aquel eterno empate a cero, pedí un chupito de tequila para invocar a la Diosa Fortuna en esos últimos minutos. Lo apuré de un trago justo cuando encajábamos el fatídico gol decisivo en contra. Volví al coche con mal cuerpo y peor humor. Y eso era lo último que recordaba: en un momento estaba aferrado al volante, viendo desdoblarse ante mí una esquina de la calle, y al siguiente estaba aquí, rodeado de batas blancas. Por suerte, el diagnóstico no era tan grave como parecía: viviría para ver otro Mundial.
Mientras el sedante que acababan de inyectarme me iba sumiendo en un nebuloso sopor, atisbé por la puerta entreabierta una figura que caminaba por el pasillo remolcando un gotero. Se giró hacia mí por un instante y me guiñó un ojo, para después darse la vuelta y reanudar su paseo. Aún hoy no estoy seguro de si lo imaginé o si realmente vi el moreno trasero de Pelé asomando por la rendija de un camisón de hospital.
Publicado en la cuarta propuesta (séptimo día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (julio 2026)
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