jueves, 13 de agosto de 2026

FAGOCITOSIS

La ciudad, abandonada siglos atrás, había sido sepultada por la jungla en un silencio absoluto, irrompible. Los melodiosos cantos de las avecillas, el rugido ocasional de alguna alimaña o el burbujeo incesante del río cercano no lograban más que arañar su superficie, sin llegar a transitar las calles tapizadas de maleza ni a penetrar en los edificios que abrían sus bocas desdentadas de cristales rotos al tedio de las últimas horas de la tarde.

El viajero -pantalón corto, camisa caqui, mochila a la espalda- se detuvo en las lindes marcadas por mojones de piedra verdeada por los años y la humedad. Enfocó los prismáticos y examinó, meticuloso, cada pedacito de aquel paisaje híbrido de vida vegetal y construcciones deshabitadas. ¿Qué horrible hecatombe había obligado a huir a sus moradores, renunciando a sus hogares, sus pertenencias, sus raíces? Nada a la vista sugería la más mínima explicación: se requería una investigación más profunda.

Apenas traspuso la línea invisible que trazaban las piedras, un malestar indefinido aplastó su ánimo. ¿Podía ser alguna bacteria en el aire que lo volvía sofocante? ¿O aquel silencio tan denso que le estallaba en los oídos? ¿Quizá los miles de ojos que intuía a su alrededor, observándolo maliciosos, aguardando la oportunidad para arrojarse sobre él, sabe Dios con qué perversos fines?

El viajero -sudoroso, temblando, acongojado- no llegó a percatarse de lo ocurrido cuando uno de los altos edificios se arqueó y colocó el vacío hueco de su portal sobre la insignificante figurita para deglutirla sin dejar rastro. Después, regresó a su posición original con leves crujidos -y, tal vez, un disimulado eructo-, se sacudió para acomodar su espesa melena de hiedra y dejó paso, de nuevo, al silencio.

Publicado en la Revista Digital "Pansélinos" nº 54 (julio 2026)

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