jueves, 10 de agosto de 2023

EN LA OSCURIDAD

El caballero avanzaba en la noche oscura, muy oscura, por una senda del bosque oscuro, muy oscuro. Cantaba para no caer en las garras del miedo, un miedo oscuro, muy oscuro, tan oscuro que el caballero estaba harto de no ver nada en aquella noche tan oscura, y tenía ganas de dar media vuelta y dejar de cantar y de caminar por aquel bosque tan oscuro.

Pero su dama estaba en peligro: un dragón acechaba el castillo y amenazaba con devorar a todos sus habitantes. Pensó en su dama, asomada al balcón de la torre, y apretó el paso para matar cuanto antes al dragón, aquel dragón oscuro, muy oscuro, tan oscuro que el caballero no lo vio venir por aquel bosque tan oscuro, en aquella noche tan oscura, y antes de darse cuenta una llamarada de fuego oscuro lo redujo a cenizas. Unas cenizas oscuras. Muy oscuras.

Finalista en la II edición del concurso al peor microrrelato "La Pezuña de Plata" (Bibliotecas Municipales de Leganés),  abril 2023

 

miércoles, 9 de agosto de 2023

LOS PODERES DE LA ABUELA

Mi abuela tiene poderes.

En la cocina, mamá siempre dice que sigue sus recetas al pie de la letra, pero las croquetas y la tortilla de patata nunca le salen igual de ricas. Luego está el tema de las enfermedades: la abuela siempre tiene remedios caseros que sirven para todo y no están tan asquerosos como los jarabes del médico. ¿Y las plantas? A mamá se le mueren todas en pocos meses mientras que la abuela tiene un jardín que parece una selva tropical, sólo le faltan los tigres. Y, como mamá dice: suma y sigue.

Yo lo tengo claro: de mayor, quiero ser abuela.

Finalista mensual en el Concurso de Microrrelatos de RTV Lavapiés (abril 2023)

martes, 8 de agosto de 2023

UNA DE DOS

González, tenemos que hablar. Esto no puede seguir así. Tiene usted que hacer un esfuerzo por controlarse y dejar de traer animales abandonados a la estación de bombeo. El perro no me pareció mal, cuida de las instalaciones cuando nos marchamos y, además, hace compañía. El gato es algo arisco pero muy independiente, apenas da trabajo. La serpiente ya es harina de otro costal, cada vez que se escapa organiza un revuelo entre el personal y uno de estos días a alguno le va a dar un jamacuco. Y no digamos los chocos, que siempre están escurriéndose por todas partes y escoñando las tuberías. Pero esto sí que no: una de dos, o la sirena o usted.

Ganador del IV Concurso de Microrrelatos "Aguas de Ida y Vuelta" organizado por Aguas de Cádiz (marzo 2023)

lunes, 7 de agosto de 2023

EL PROFESOR DE AUTOESCUELA

El coche avanzaba dando tumbos por la amplia avenida. La muchacha se mordía nerviosamente el labio inferior mientras trataba de controlar el juego de pies entre embrague y acelerador. Nada, no había manera: por más que lo intentaba no conseguía que aquel cacharro dejase de sacudirse y avanzase con suavidad, ni siquiera durante cinco minutos.

A su lado, el profesor hacía esfuerzos desesperados para contener la risa sabiendo que, si soltaba la carcajada que le aleteaba en la garganta, minaría de forma irremediable la ya de por sí penosa autoestima de su alumna.

Un súbito acelerón desgarró la calma del crepúsculo otoñal y una bandada de palomas que picoteaban migajas sobre la acera salieron volando al oír el amenazador rugido. La chica levantó de golpe el pie del embrague al percatarse de que el coche no respondía, y entonces la respuesta les pegó a ambos la espalda contra el asiento. Fue el profesor el que clavó el pie en su pedal de freno, justo delante de la autoescuela. Fin de la clase.

Los dos ocupantes del vehículo abrieron sus respectivas portezuelas y salieron al aire aún tibio de la tarde con evidente alivio.

- No te preocupes -consoló el profesor a la joven con una sonrisa amable y una palmadita en el hombro-, sólo llevas tres clases, es normal que te cueste un poco controlar el coche. Pero lo conseguirás, ya verás como dentro de unos días te ríes al recordar esta tarde.

La chica le devolvió la sonrisa, aunque sin demasiada convicción. En ese instante las ganas que tenía no eran precisamente de reír, sino más bien todo lo contrario. Echó una mirada de envidia al chaval que se acercaba con paso seguro desde la puerta de la autoescuela: sabía que había empezado al mismo tiempo que ella, pero ya había visto el día anterior cómo sacaba el coche sin calarlo y subía la cuesta sin un sólo trompicón. Había oído comentar que su padre tenía una finca a las afueras donde le dejaba conducir su propio coche: claro, así cualquiera, ya estaba resabiado, como los toros de lidia.

El muchacho le dirigió una mueca burlona antes de instalarse en el asiento del conductor y, sin un solo fallo, arrancar el coche y salir disparado por la avenida. La chica deseó fervientemente que el profesor le echase un buen rapapolvo por aquel alarde en su honor, tan obviamente destinado a mortificarla.

En el interior del coche, en efecto, el instructor sermoneaba a su nuevo alumno, afeándole su conducta hacia su compañera y prohibiéndole, en adelante, arrancar de forma tan impetuosa.

- Ni siquiera has mirado por el retrovisor -le riñó mientras estaban detenidos en un paso de cebra, esperando a que cruzase una señora con su carrito de la compra-. Y eso, en un examen, es un suspenso como una catedral.

El chaval se encogió de hombros, con gesto despectivo.

- Mi padre conoce a un examinador, ya se encargará él de que me lo asignen y de que me apruebe. Lo tengo chupado.

El profesor enrojeció, furioso. Conocía de oídas al padre de aquel gallito de pelea y sabía que, en efecto, tenía poder y contactos suficientes para hacer eso y más. Y no le parecía bien.

- Pero no podrás aprobar hasta que YO te presente a examen -recalcó bien el “yo”, apretando los dientes-. Y YO no te voy a presentar a examen hasta que me parezca bien cómo conduces. Y ahora mismo me parece fatal así que, o cambias de actitud, o no te doy más clases hasta el año que viene.

El joven apretó los labios con fuerza: ahora era él quien estaba furioso.

- Pues entonces le diré a mi padre que contacte con los tipos que lo están buscando y ya veremos lo que dura en la autoescuela.

De inmediato, se arrepintió de sus palabras. Miró de reojo al profesor y vio su cara lívida, sus puños apretados, su cuerpo tenso.

Esta vez se la cargaba, seguro. Su padre estaba hablando por teléfono cuando él pasó por delante de la puerta abierta de su despacho y había cedido a la tentación de pararse a escuchar: a menudo le oía decir que la información es poder y estaba deseoso de seguir sus pasos, aun a sabiendas de que no eran unos pasos demasiado rectos.

- ¿Qué sabes tú de mí, niñato?

El tono helado de su voz estremeció al chico hasta los cimientos. ¿Qué había sido del profesor amable y simpático? Esto cada vez le gustaba menos.

- Nada -balbuceó, sintiendo un repentino ardor en la boca del estómago-. Sólo oí decir que alguien lo está buscando. Nada más. En serio, no sé nada.

Parecía a punto de echarse a llorar. El instructor hizo un esfuerzo por relajarse y ensayó una media sonrisa que no le quedó demasiado convincente.

- Seguramente es un error -sugirió con voz controlada.

- Sí, claro, seguro que es eso -se apresuró a aceptar el chaval, visiblemente aliviado.

El resto de la clase transcurrió sin incidentes: el muchacho condujo lo más suave y prudentemente que pudo, y el profesor se limitó a hacer ocasionales observaciones en un tono neutro y sereno. Al regresar al punto de partida el chico se escabulló de inmediato, sin empeñarse en aparcar el auto, como el día anterior. El hombre permaneció unos minutos sentado en silencio en el interior del coche, cavilando.

¿Sería cierto que el padre de aquel galopín conocía su verdadera identidad? ¿Se habría puesto en contacto con quienes, en efecto, lo buscaban? Si era así, tenía que actuar de inmediato o estaba perdido.

Por suerte, ésa había sido la última clase de la jornada: buscó un sitio para aparcar el vehículo y se dirigió a buen paso hacia su casa. Rebuscó en el altillo del armario del dormitorio, detrás de unas cajas de zapatos, hasta localizar su objetivo: una cartera de cuero marrón bastante abultada. Al tirar de una cadena que colgaba de su cuello, apareció una pequeña llave con la que abrió la cerradura que protegía de ojos curiosos el contenido de la cartera. Metió la mano en su interior, apartando varios pasaportes, fajos de billetes y carpetas con documentos, y cuando la sacó de nuevo empuñaba con firmeza una pistola semiautomática. Comprobó el cargador y el seguro, y la acomodó a su espalda, bien sujeta en la cintura del pantalón y oculta bajo la chaqueta.


La tarde siguiente, cuando la muchacha apareció puntualmente para su clase de conducir, se encontró con una mujercita menuda y sonriente que le informó de que el profesor habitual había tenido que ausentarse por problemas familiares, y de que ella iba a sustituirlo. Unos cuantos trompicones más tarde, se llevó otra sorpresa cuando la nueva instructora la guió en el proceso de aparcar el coche frente a la autoescuela, ya que su clase -le dijo- era la última del día. Al preguntar por el joven que debía practicar a continuación, la mujer se limitó a encogerse de hombros con una mueca de absoluta ignorancia. La chica supuso que habría cambiado de horario y se le aligeró el ánimo al pensar que ya no tendría que aguantar más sus majaderías.

El rugido de un avión volando sobre su cabeza, invisible al otro lado de las tupidas nubes, le hizo añorar las vacaciones de verano que había pasado con sus abuelos en Mallorca. Mientras, en el interior de ese avión, rumbo a otro país, a otro empleo, a otra identidad, dormitaba un hombre. Un hombre que podía ser amable y divertido pero también frío e implacable, como lo demostraba la sangrienta escena que, en esos mismos momentos, traía de cabeza a la policía en una finca de las afueras.

Segundo Premio en el I Certamen de Relato Corto "Ramón de Campoamor", organizado por la Asociación Cultural Orihuela Costa (enero 2023)

domingo, 6 de agosto de 2023

DE TAL PALO, TAL ASTILLA

He hecho trampa con las pastillas de freno y su coche se ha precipitado al vacío en una de las curvas del acantilado. La policía ha venido a comunicármelo esta tarde y yo me he mostrado apropiadamente afligida y llorosa, mientras mentalmente daba saltos de alegría entre los muchos ceros de mi herencia. Sólo me queda por resolver un problemilla: antes de la lectura del testamento tengo que conseguir que el hijo de su primer matrimonio se enamore del otro deportivo que queda en el garaje y me pida darse una vuelta con él.

Ganador semanal de Relatos En Cadena de la SER (enero 2023, semana 13)

sábado, 5 de agosto de 2023

CORREN MALOS TIEMPOS

Corren malos tiempos.

La gente no sale de casa y, cuando lo hacen, van con la cara tapada y esquivando al prójimo, como si fuera una carrera de obstáculos en carnaval.

Ya no respiran a pleno pulmón. No se agachan a oler el perfume de las flores en los jardines. Encierran las manos bajo llave en los bolsillos para no tocar nada. Los encuentros con amigos son penosos, intentando saludarse con los codos, sonreírse con los ojos, captar las palabras que tropiezan con el bozal y no llegan a buen puerto.

El verano se va acercando, pasito a pasito, y lo que siempre hemos dado por sentado -a saber, las vacaciones estivales-, este año se plantea como una incógnita, oscura y agazapada entre toques de queda, cierres perimetrales y pruebas serológicas. Qué de palabros nuevos hemos tenido que incorporar al vocabulario del día a día, y qué siniestros suenan algunos.

Mi apartamento es muy pequeño pero, hasta ahora, había sido más que suficiente para una mujer sola que pasaba la mayor parte de la jornada en la oficina y que los fines de semana cogía el coche para recorrer los pueblos perdidos de nuestra amplia geografía, cuanto más perdidos mejor. Es curioso cómo cambian las perspectivas: siempre me ha gustado la soledad y he procurado buscarla en esos campos desnudos en invierno, verdes en primavera, dorados en verano, cubiertos de flores silvestres o salpicados de nogales o atravesados por riachuelos cantarines.

Sin embargo, en estas horas aciagas que nos ha tocado vivir, ir a la oficina sin salir de casa se convierte en una reclusión insoportable. Las primeras semanas incluso tenía su gracia: poder trabajar en pijama, ahorrarse el atasco, reunirse con los colegas de otros países sin sufrir la tortura del aeropuerto. Pero el paso de los meses ha ido trocando la novedad en desazón, la tranquilidad en abatimiento, la esperanza en angustia.

El café de media mañana con su pulguita de jamón, los chistes malos de Andrés, las discusiones interminables de Pablo y Ester por cualquier tontería, la tertulia encendida sobre las últimas noticias políticas antes de despedirnos con la menguante luz de la tarde. Las cosas más irrelevantes, en las que apenas se reparaba de tan cotidianas, ahora se echan de menos. El teléfono resuelve los problemas pero no sustituye al calor humano: “ver” a la gente en la pantalla del ordenador no es “estar” con la gente.

Por eso, he retirado de Internet el anuncio de venta de la casa que la abuela tenía en Utande, he contratado una tarifa de datos ilimitada, y me he plantado en el pueblo con un par de maletas, el portátil y un considerable suministro de comida envasada y no perecedera.

“¡Es una locura!”, se espantan mis amigos. “¿Qué vas a hacer allí tú sola?”.

¡Pero si ya estaba sola! Y al menos aquí puedo salir a andar por el campo sin asfixiarme con la maldita mascarilla, porque la mayor parte de las veces no me cruzo con nadie y, si se da el caso, hay espacio de sobra para mantener no dos sino cuatro o cinco metros de distancia de seguridad.

Aquí la gente no está tan agobiada, se lo toman de otra manera, como algo que hay que pasar sin darle más vueltas. Son de otra pasta. Afables. Calmados. Pacientes.

Por mi ventana, mientras desde la pantalla del ordenador me asalta una vorágine de cuadros con rostros crispados, veo a cuatro lugareños de avanzada edad sentados en tocones de árbol a modo de bancos rústicos, diseminados por la hierba frente al terraplén que da a la carretera. Charlan sin prisa, de todo y de nada, esperando a que asome por la cuesta la furgoneta del panadero. Esa estampa me relaja. Abro la ventana y dejo que el sonido de sus voces broncas y cascadas por años de tabaco sin filtro invada la habitación, creando ecos en las esquinas, mezclándose con los trinos de los pájaros y con el sordo rumor de alguna cosechadora lejana.

Por la noche, pasear bajo la olvidada luz de las estrellas, que por el camino que baja hasta la Fuente Vieja no se ahoga en la potente luminosidad urbana. Repasar las constelaciones en vivo y en directo, no en un pliego de papel negro lleno de dobleces. Dormir con las ventanas abiertas de par en par, cambiando el fragor del tráfico por el canto de los grillos, el humo de los coches por la humedad perfumada que sube de las huertas, el rugido de las motos por algún que otro ladrido.

Por la mañana, el único estruendo metálico que me despierta es el de los cencerros de las ovejas que bajan a los pastos, mucho más tolerable que el de los camiones de reparto del supermercado de enfrente o el del basurero zarandeando los contenedores, siempre antes de hora. Y ese frescor de amanecer recién lavado y sin planchar que inunda toda la casa al abrir la puerta para dar los buenos días -desde lejos, por supuesto- al vecino madrugador de turno.

La gente de siempre, la que conocía a mis abuelos y a mis padres, no se extraña de verme de nuevo por aquí. Me saludan como si no hubieran pasado tantos años desde aquellos veranos, de niña, en que trepaba a la Piedra Gorda o jugaba al pilla-pilla alrededor de la Picota de la Plaza o merendaba sobre la piedra de molino del Lagar. La tía Pascuala me obsequia un tarro de miel de sus colmenas, el tío Baldomero me deja una bolsa de tomates en la puerta al subir del huerto, la tía Ezequiela me pregunta a voces si he visto a su gato, que hace varios días que no pisa por casa. En el pueblo todos son tíos, incluso en ausencia de parentesco real. Son los tíos de toda la vida.

Aquí la soledad es menos angustiosa, la angustia menos solitaria, el miedo al maldito virus menos consistente y más llevadero. Y yo, que nunca he sido de mascotas, me he acostumbrado a que el gato de la tía Ezequiela, que encontré escondido en mi despensa zampándose los quesitos, se acurruque entre mis pies mientras teletrabajo. Su ronroneo satisfecho me da esperanza.

Publicado como finalista anual en el libro recopilatorio del X Concurso de Relatos Breves de Cornellà de Llobregat (2022)

viernes, 4 de agosto de 2023

SÓLO PARA TUS OJOS

Pablito llevaba ya un buen rato con la nariz pegada al escaparate de la tienda. Al otro lado, un montón de figuritas se desplegaban sobre montañas de corcho, ríos de papel de plata y prados de musgo artificial, como cada Navidad. Cuando la tienda quedó vacía, el dueño apagó las luces y echó el cierre mientras charlaba con la madre de Pablito. El Belén quedó iluminado tan sólo por las diminutas bombillas de colores ocultas en las casitas.

Entonces, el niño vio atónito cómo los pastores se ponían a bailar, el Ángel salía volando, dos soldados bajaban la colina y una oveja cruzaba el puente a saltitos. Incluso llegó a sus oídos el berrido de los reales camellos al trasponer una loma. Cuando su madre se lo llevó a rastras, Pablito era incapaz de cerrar la boca y sólo atinó a sonreír al Niño Jesús, que le guiñaba un ojo.

Ganador del II Certamen de Microrrelatos "Entre belenes y sentimientos" (Asociación de Belenistas de Hoyo de Manzanares), diciembre 2022

jueves, 3 de agosto de 2023

INTERCAMBIO

Miguel se desespera al otro lado del espejo. Como cada miércoles desde aquella infausta sesión de espiritismo, ya va para dos años, cuando la médium, aún inexperta y bastante nerviosa, se hizo un lío con las almas en pena que pululaban por la sala y la del tío Jorge atinó a colarse de rondón en el cuerpo del asustado Miguel, que de repente se vio confinado tras el cristal. El tío Jorge, feliz de verse de nuevo corpóreo, se negó de plano a deshacer el cambio y cada miércoles vuelve a la casa de visita, se acerca al espejo para atusarse el bigote -SU bigote, se indigna el muchacho-, y aprovecha para guiñarle un ojo, mientras Miguel, mera sombra evanescente, no puede más que golpear infructuosamente el vidrio.

Finalista X Certamen de Microrrelatos Fantásticos y de Terror de Sants (noviembre 2022)

miércoles, 2 de agosto de 2023

EL PEZ MÁGICO

El muchacho permanecía inmóvil asomado al borde de la barca, escrutando ansioso las oscuras aguas, los ojos clavados en las leves ondas que avanzaban y retrocedían sin pausa, reflejando apenas el apagado fulgor de las lejanas estrellas.

Esperaba que apareciese un pez, ese pez mágico del que hablaban las leyendas de su pueblo, del que los ancianos contaban que, en noches sin luna como aquella, concedía un deseo al mortal que osase mirarlo a los ojos. Pensaba pedirle riquezas sin fin, convencido de que eso le aseguraría todo cuanto pudiese ambicionar.

Una ráfaga de viento helado salido de ninguna parte le envolvió de pronto, zarandeando con violencia la embarcación. El muchacho contuvo el aliento cuando una sombra negra, más negra que las negras aguas, se elevó desde las profundidades y se detuvo justo bajo la superficie, que ahora permanecía milagrosamente lisa, como un espejo.

Pero no era su propio rostro el que le contemplaba con curiosidad al otro lado de aquel oscuro cristal sino otro de una belleza deslumbrante, arrebatadora, desde los rasgados ojos de un increíble azul hasta los carnosos labios de rojo coral. Una cabellera veteada de luna llena ondulaba a su alrededor, en una danza hipnótica.

“¿Qué deseas?”, susurró una voz de seda en el interior de su cerebro.

Su corazón cabalgaba desbocado, la sangre le palpitaba en los oídos, de repente ya no existía nada salvo aquella criatura maravillosa. Si pudiera tenerla a ella, sería el joven más feliz del mundo.

“A ti”, respondió sin pensarlo.

Dos brazos negros como la muerte surgieron del agua, lo atraparon y lo arrastraron a las profundidades con un apagado chapoteo. Demasiado tarde cayó en la cuenta de que ni las leyendas ni los ancianos mencionaron nunca el precio de aquel deseo.

Finalista Certamen "Algeciras Fantástika" (noviembre 2022)

martes, 1 de agosto de 2023

EL HOMBRE MENGUANTE

Últimamente, al afeitarme, tengo la sensación de que el espejo del baño está colgado cada mañana un poco más arriba. La semana pasada noté que la camisa me quedaba holgada, los pantalones me arrastraban por el suelo y los zapatos se me salían al caminar. He visitado a los más ilustres médicos, pero ninguno de ellos ha averiguado el origen de mi insólito trastorno, tan sólo han confirmado mi impresión de que su evolución es cada vez más rápida.

Hoy, al salir de casa, el último escalón del portal me ha parecido el Everest y, al aterrizar de bruces en la acera, tres pequeños pájaros se han abalanzado sobre mi ya diminuta persona, disputándose ruidosamente el dudoso placer de engullirme. Y así, volando voy de acá para allá, dentro del estómago del más intrépido, rezando para que mi exótica metamorfosis se revierta antes de que dé comienzo su proceso digestivo.

 Ganador del "Monstruoscopio" de EstaNocheTeCuento (noviembre 2022)