Siempre quise enrolarme en un circo. Lo primero que probé fue a amaestrar pulgas, pero era demasiada presión estar siempre pendiente de que no se escapasen camufladas en el primer perro que se cruzase en su camino. Eran muy díscolas, mis pulgas. Acabé por venderlas a un titiritero con pretensiones y compré una recua de perros amaestrados, con idea de enseñarles a jugar al fútbol -cuatro contra cuatro, ni el dinero ni la paciencia me daban para más-, conmigo de entrenador y árbitro al mismo tiempo.
El problema vino al darme cuenta de que un delantero centro era hembra y el defensa del equipo contrario le ponía ojitos. Por eso resultaban tan bien las tácticas de ataque de ella, mientras que las defensivas de él hacían agua por los cuatro costados, porque le cedía el paso y el balón en cuanto me despistaba. Nueve goles a cero después, cuatro de los chuchos ladraban exultantes, mientras que los otros cuatro gruñían y enseñaban los dientes. Bueno, tres en realidad: el defensa en cuestión se limitaba a mirar a su heroína con la lengua fuera y babeando cosa mala. No eran formas.
Al final, decidí vender también los perros y pasarme a las tácticas equilibradas, que son las que mejor funcionan para caminar por la cuerda floja.
Publicado en la segunda propuesta (cuarto día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)
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