Alguien se había llevado el balón, chafándonos el partidazo destinado a zanjar, de una vez por todas, las diferencias entre Indios y Piratas. El primer sospechoso siempre es el más obvio, y todos volvimos la mirada hacia Garfio, pero se le veía tan ilusionado con su casaca negra y su silbato al cuello que tuvimos que descartarle. Los Niños Perdidos ni se habían enterado del percance, ocupados como estaban compitiendo con las Sirenas por ver quién jaleaba más fuerte y quién agitaba los banderines con más ganas. Entonces caí en la cuenta de que Campanilla brillaba por su ausencia. Volé hasta el Árbol del Ahorcado y la encontré sentada encima del esférico, enfurruñada porque no la dejábamos arbitrar. Traté de quitárselo, pero ella fue más rápida y lo lanzó con maestría justo al acercarse aquel maldito tic-tac. Desde entonces, solo organizamos partidas de petanca.
Publicado en la segunda propuesta (tercer día) del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)
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