El bar estaba vacío cuando entró ella, con un vestido ajustado que le ceñía unas curvas para despeñarse y unas botas hasta medio muslo que me recordaron a los piratas de las películas de mi infancia. La seguía un perrillo faldero con cara de malas pulgas que, en cuanto me descubrió tras la barra, se puso a emitir unos ladridos -si se les podía llamar así- breves y agudos, sumamente desagradables. Yo hice una mueca -no le tiré un vaso a la cabeza por ir con quien iba- y me limité a subir el volumen de la radio. Entonces me di cuenta de que sonaba Joe Cocker -¿pero que emisora había puesto, Madre de Dios?- pidiéndole que se desnudara. Ella sonrió, silenció al chucho con un gesto tajante, y se acomodó en un taburete frente a mí. Yo ya soñaba con que me pediría un sombrero para dejárselo puesto y quitarse todo lo demás cuando apareció en tromba toda la peña futbolera del barrio gritando a pleno pulmón que nuestro equipo había ganado el Mundial. Mira que me gusta el fútbol, y aún más celebrarlo con los muchachos, pero aquella intrusión me supo a demonios. Ella se encogió de hombros y sin pedirme siquiera un café, mucho menos un sombrero, nos abandonó en brazos de nuestra euforia y nuestra testosterona. Para ser sincero, en esa ocasión yo habría renunciado gustoso al ansiado título con tal de abandonarme en sus brazos.
Publicado en la tercera propuesta del concurso de microrrelatos "El Mundial también se escribe" de Facebook (junio 2026)
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