martes, 5 de septiembre de 2023

NO MÁS GAZPACHO

Cenicienta vertió el gazpacho en los boles y se limpió las manos. Esa noche era el Baile Real y estaba harta de discutir con su Hada Madrina sobre carrozas, calabazas y zapatillas de cristal. Que si el Príncipe es muy apuesto (un engreído, seguro), que si verás lo cariñoso que es el Rey (¡huy, qué peligro!), que si el Palacio necesita un toque femenino… ¡Ja! Como si fueran a permitirle salirse del camino trazado y cambiar las cosas. De esclava de la casa sin voz ni voto a muñeca de porcelana encerrada en una jaula de oro, en una sola noche. Ni hablar.

Cuando el Hada Madrina se materializó en la cocina, le brindó su mejor mohín de obstinada determinación y no fue necesario cruzar ni una palabra más: la buena mujer suspiró resignada, agitó su varita y se esfumó con un chisporroteo. Allá ella.

Poco después, al no obtener respuesta a sus impacientes campanillazos, la madrastra bajó a la cocina justo a tiempo de ver a una plateada mariposa sobrevolando los boles de gazpacho hacia la ventana abierta, rumbo a la libertad.

Publicado en la web "EstaNocheTeCuento.com" (Tema: "Encontraré el camino o haré uno"), septiembre 2023

sábado, 19 de agosto de 2023

ORÍGENES

El ángel, en un inusual arrebato conciliador, invitó al demonio a un picnic. Desplegó ante él sabrosos bocados, zumos exquisitos, la repostería más deliciosa, e incluso un néctar cuya receta se creía perdida en la noche de los tiempos. Pero el demonio no comió más que humildes aceitunas, cuyos huesos iba escupiendo en la tierra.

Al pasar el tiempo, uno de aquellos huesos germinó y pronto un robusto olivo se erguía en lo alto de la colina. El demonio quiso adjudicarse su propiedad, puesto que fue él quien había plantado la semilla, pero el ángel lo reclamó para sí, alegando que las aceitunas las había llevado él.

En estas estaban, los ánimos empezando a caldearse, nubarrones tan negros como la temible cólera del demonio cubriendo el cielo, la justa indignación del ángel relampagueando en la distancia, cuando acertó a pasar por allí un labriego.

- Este árbol está en mis tierras, así que seré yo quien lo cultive y quien obtenga sus frutos -les dijo al ángel y al demonio que, ante la aplastante lógica de la explicación, tuvieron que retirarse.

Y esta NO es la historia del origen del olivo, pero... ¿a que habría estado bien?

Publicado en la web "MásQueCuentos.es" (VI Premio de Relato sobre Olivar), agosto 2023

viernes, 18 de agosto de 2023

CARRERAS DE BOTONES

Cuando yo era pequeño, las canicas eran un lujo que pocos se podían permitir en el pueblo: el hijo del alcalde, el del teniente de la guardia civil y, si acaso, el del médico. Así que el común de los mortales, a falta de aquellas brillantes bolitas de vidrio rellenas de sueños de colores, hacíamos las carreras con botones. La rivalidad entre ambas facciones era legendaria, hasta el día en que descubrimos que las canicas llegaban más lejos si se impulsaban con botones. La única que se queja ahora es la boticaria: sin ojos morados, ya no vende árnica.

Finalista en el XII Certamen de Microrrelatos "En torno a San Isidro" (Saldaña, Palencia), agosto 2023

jueves, 17 de agosto de 2023

VOCES EN LA NOCHE

La Guerra Civil me sorprendió en el pueblo, como a tantos otros. Nunca llegué a enterarme de qué lado estábamos, porque yo no era más que un chaval y de politiqueos entendía poco. Lo que sí comprendía eran las dentelladas del hambre en mis tripas y la oscuridad del sótano en el que aguardábamos, temblando, a que arriba cesaran los disparos. Entrada la noche, oíamos a los soldados de ambos bandos, parapetados en cerros opuestos, bromear a voces, como si las tinieblas desdibujasen los uniformes y sólo quedasen los hombres. Hombres deseosos de enterrar el conflicto y volver a casa.

Segundo Premio en el XII Certamen de Microrrelatos "En torno a San Isidro" (Saldaña, Palencia), agosto 2023

miércoles, 16 de agosto de 2023

MIRADAS

Pablito apenas había reparado en Carmela, hasta el día en que su madre le prohibió mirarla, por no sé qué disputa entre los abuelos de ambos con relación a una linde entre parcelas. Pero la fruta prohibida, ya se sabe...

Así que, desde ese día, cada vez que se tropezaban camino de la escuela o en la subida a la iglesia o en la plaza las tardes de domingo, haciendo corrillo con la pandilla, Pablito empezó a mirar a Carmela con otros ojos, ojos curiosos. Y Carmela, al percatarse, empezó a mirar a Pablito con otros ojos, ojos tiernos.

Después, a medida que crecían los años y menguaba el acné, la curiosidad y la ternura fueron dejando paso a sentimientos más profundos y encendidos, y comenzaron a mirarse con ojos apasionados, ojos de deseo. Pero eran miradas furtivas por necesidad, ya que ambas familias seguían sin tratarse: los dos abuelos, cada uno más empecinado que el otro, sostenían su postura sin ceder ni un ápice y la linde en cuestión continuaba en litigio.

Así, los dos hombres ponían gran empeño en esquivarse por las callejas del pueblo, pero de cuando en cuando se tropezaban camino del bar o en la bajada a la huerta o en la plaza las mañanas de domingo, aguardando al panadero, y en tan infaustas ocasiones, Eustaquio miraba a Baldomero con inquina en los ojos y éste le correspondía con ojos cargados de rencor. Pablo, que había abandonado el diminutivo de su infancia en el bolsillo de sus últimos pantalones cortos, suspiraba consternado al escuchar los gruñidos ininteligibles que intercambiaban los dos ancianos de acera a acera de la calle si, por casualidad, acertaban a cruzarse. Y Carmela, que se negaba a convertirse en María del Carmen por motivos que sólo ella conocía, suspiraba exasperada al interceptar las aviesas miradas de reojo que se lanzaban de banco a banco de la iglesia durante el sermón dominical de Don Severiano.

Mientras tanto, los dos jóvenes seguían buscándose con los ojos a la menor ocasión. Ese verano, en la fiesta del Santo Patrón, la mirada de Pablo resbalaba con disimulo por las blancas enaguas de los danzantes hasta besar los cabellos de Carmela, situada al lado opuesto del entarimado, y la mirada de Carmela sorteaba con discreción las piruetas del paloteo para ir a acariciar el rostro de Pablo, seguros ambos de que el bueno de San Acacio les perdonaría la distracción. Por la noche, en el baile, aprovechando los momentos de más alboroto, se mezclaban con el gentío para buscarse con manos ávidas y mirarse con ojos hambrientos, ojos desesperados.

Así, el tiempo seguía corriendo, las estaciones se sucedían, la luna mudaba de fase y, en ese entorno cambiante, el encono de ambos ancianos persistía inmutable, anclado en las profundas arrugas que rodeaban los ojos de aquellos dos venerables aunque hoscos semblantes. Hasta que, un día de primavera, con los árboles cuajados de brotes tiernos, el aire vibrando con los trinos de los pájaros, la hierba estallando por doquier en un festival multicolor, Pablo y Carmela se encontraron en la Fuente Vieja, al abrigo de las largas ramas del sauce, para abrazarse, ansiosos del cuerpo del otro, corazón al galope, sangre en llamas, ojos ebrios de tantas miradas que habían ardido en lo más crudo del último invierno. Ojos tiernos, apasionados, hambrientos, ojos enredados en una mirada infinita abocada al fin. Y algo se rebeló en esas miradas, en esos corazones, algo que surgió de muy adentro para alzarse en un grito de guerra, algo que los hizo cogerse de la mano, salir del amparo del sauce, subir la cuesta, cruzar el pueblo, marchar por las calles a paso firme, a la vista de todos, dejando tras de sí un rosario de rostros sobrecogidos, alarmados, incrédulos.

Y llegar a casa de Pablo, y explicar y razonar y discutir. Y luego ir a casa de Carmela, y volver a explicar y volver a razonar y discutir de nuevo. Y, finalmente, ir a ver al cura y darle un ultimátum: “o una boda o dos entierros, usted verá cómo se las arregla, padre”. Y Don Severiano, espantado, corrió a casa de unos y de otros, consoló a madres llorosas, debatió con padres enfurecidos, y por último citó en la sacristía a los dos abuelos y los amenazó con todos los fuegos del infierno si permitían que aquellos dos jóvenes enamorados hicieran una locura. Eustaquio, sentado tieso como un palo en el borde de su silla, se miraba, terco, las nudosas manos entrelazadas sobre las rodillas. Baldomero, la cabeza muy erguida y los labios apretados, clavaba sus ojos obstinados en algún punto indeterminado del artesonado del techo. Don Severiano rechinó los dientes: si por él fuera, los cogería ahora mismo de las orejas y se los pondría sobre las rodillas para darles unos azotes en el trasero con el hisopo del agua bendita.

De pronto se levantó y asestó un fuerte golpe en el escritorio con los puños, sobresaltando a los dos hombres y obligándolos a mirarle a los ojos. Ojos de furia apocalíptica. Ojos de arcángel vengador. Ojos terribles.

Su tono, sin embargo, era engañosamente calmo cuando se dirigió a ellos:

- Este domingo, las amonestaciones. El mes que viene, la boda. Y como vea un atisbo de ceño os excomulgo a los dos. ¿Estamos?

Ambos ancianos refunfuñaron entre dientes antes de levantarse y, sin mediar palabra, salir de la sacristía para tomar rumbos opuestos bajo las fisgonas miradas que pululaban tras los visillos.

El día señalado, las dos familias se reunieron a la puerta de la iglesia, todos de tiros largos, en un silencio incómodo que los ojos radiantes de los novios se encargaron de hacer añicos y trocar en risas y parabienes. Los dos abuelos fueron conminados a estrecharse la mano aunque, bajo la apariencia cortés del gesto, latía un pulso en los dedos y un reto en las miradas. Después de tantos años, no iban abandonar su rivalidad así como así, con lo divertido que era.

Segundo Premio en el XII Certamen de Relato Corto “En torno a San Isidro” (Saldaña, Palencia), agosto 2023

martes, 15 de agosto de 2023

CÓDIGO NO AUTORIZADO

La sala estaba a rebosar de empleados que se afanaban, sin prisa aunque sin pausa, en los teclados de sus ordenadores, escribiendo línea tras línea de código. Esas líneas se iban trasladando a la gigantesca pantalla que dominaba toda la pared frontal: primero aparecían en una esquina, encuadradas en color rojo brillante; luego se deslizaban por la pantalla hasta encajar en un bloque de código más amplio, desapareciendo entonces el cuadro rojo para quedar integradas en el programa principal. A veces, tras esa operación se producía un ligero parpadeo en la pantalla y una parte del código destellaba en un vivo tono azul durante unos instantes antes de reubicarse para erigirse como un bucle autónomo. En esas ocasiones, un murmullo estremecía las filas de operarios, deseosos de felicitar al ingenioso responsable de la idea.

Mientras tanto, tras la cristalera de la cabina de control, situada a cierta altura sobre la sala, una hilera de supervisores no quitaba ojo al programa, leyendo y revisando sin pausa y a toda prisa las líneas que iban apareciendo y cambiando de lugar antes de esfumarse por la parte inferior de la enorme pantalla. Con la destreza que da la práctica, sus lápices ópticos se movían por la consola de plasma que tenían delante para corregir sobre la marcha los errores más evidentes antes de que el código pasara al siguiente nivel de verificación.

Era un proceso rutinario, que se llevaba a cabo día tras día sin mayores problemas... hasta esa mañana.

A las 11:07 exactamente, uno de los supervisores se agitó en su silla, visiblemente inquieto. Su lápiz trazó un grueso círculo anaranjado alrededor de una pequeña sección de código y el fluido devenir de las líneas por la pantalla cesó de golpe. Una ruidosa alarma se disparó en alguna parte, aturdiendo a los operarios, que dejaron de teclear para taparse los oídos mientras cuchicheaban, nerviosos y alterados, tratando de hacerse entender sin demasiado éxito por encima del desagradable estrépito.

No habían pasado ni cinco minutos cuando el Inspector Jefe se presentó en la sala y, plantado entre las mesas, con las piernas separadas y los brazos en jarras, alzó la vista hacia la pantalla inmóvil y clavó los ojos en el círculo anaranjado, que refulgía cada vez con mayor intensidad. Sus labios se movieron silenciosamente mientras daban cuerpo al código remarcado; al terminar, frunció el ceño, parpadeó incrédulo y volvió a leerlo una segunda vez, y luego una tercera. Por último, emitió un rugido áspero y ensordecedor, infinitamente más perturbador que la alarma sonora, que enmudeció ante la feroz competencia.

- ¿Quién demonios ha escrito esto? -tronó, recorriendo con la vista el mar de rostros consternados que lo rodeaba.

Los empleados negaron con la cabeza, uno tras otro, a medida que su mirada furibunda los taladraba.

- ¡Pues alguien tiene que haber sido!

Uno de los supervisores, que trajinaba con un teclado auxiliar en la cabina, lanzó un grito de triunfo, sofocado en su mayor parte por el grueso cristal, pero aún así audible desde la sala. El Inspector Jefe alzó las cejas y contempló el número delator que le transmitía por señas su ayudante: cuatro dedos alzados en una mano y tres en la otra, bien separadas. Cuarenta y tres.

De inmediato, se giró hacia el puesto correspondiente. Vacío. En dos zancadas se plantó en la mesa cuarenta y tres, y pulsó una tecla cualquiera del ordenador. La pantalla se iluminó y, ¡bingo!, ahí estaba ese maldito código, titilando tranquilamente sobre el fondo oscuro.

- ¿Dónde está? -rugió, con el rostro congestionado por la ira-. ¿Quién opera aquí?

Los empleados de las mesas adyacentes se miraron entre sí, parpadeando confundidos.

- Hace días que no viene -se atrevió, por fin, a balbucear uno de ellos-. Al parecer, está enfermo.

- Entonces, alguien lo ha escrito en este puesto para no ser descubierto -concluyó el Inspector Jefe, con voz engañosamente suave-. Alguien que tiene acceso a su contraseña. Alguien cercano.

Los operarios más próximos comenzaron a sudar y a farfullar excusas incoherentes, alguno incluso retrocedió con el terror pintado en el rostro, pero antes de que el Inspector Jefe pudiera emprender ninguna acción, uno de los supervisores golpeó frenético el cristal de la cabina de control, gesticulando violentamente para llamar su atención hacia la pantalla, donde el programa se había puesto de nuevo en marcha por sí solo y se estaba ejecutando en un bucle infinito que reproducía una y otra vez aquellas líneas de código encerradas en el brillante círculo anaranjado.

- ¡Que alguien pare eso! -aulló el jefe.

Un segundo supervisor se abalanzó sobre un panel empotrado en la pared y pulsó la combinación de teclas que debería darle acceso al control del sistema principal. Atónito, comprobó que el programa continuaba impasible la ejecución del código ilícito. Volvió a pulsar las teclas. Nada. Se encogió de hombros y negó con la cabeza, derrotado.

El Inspector Jefe emitió un atronador bramido y corrió hacia los ventanales. Los operarios le imitaron, aunque dejando una prudente distancia de seguridad alrededor de su enojado superior, que tenía el rostro congestionado, una vena del cuello tremendamente abultada, y los puños apretados en un visible esfuerzo por contenerse y no estrangular a alguien.

A sus espaldas, aquellas malditas líneas de código seguían ejecutándose una vez y otra y otra más, y allá abajo, en el flamante planeta azul, aquellos ceros y unos iban generando continentes, océanos, islas y montañas, poblándolas de toda suerte de plantas y animales, e incluso se alcanzaba a distinguir una extraña criatura sin pelo que caminaba erguida sobre dos patas.

En otro tiempo, en otro lugar, en la penumbra de una enorme sala aún vacía, el operador cuarenta y tres se frota las manos y hace crujir los nudillos, poniendo en orden sus ideas antes de escribir en su ordenador unas elegantes líneas de código, pocas y simples pero potentes, sin perder de vista el polvoriento planeta rojo que orbita frente a los cristales de la ventana.

Publicado en la Revista Digital "Letraheridos" nº 30 (agosto 2023)

 

lunes, 14 de agosto de 2023

LA MISIVA

“Yo, que he vivido tantas vidas, que las he disfrutado todas con alegre abandono, no consigo lamentar que esta última termine tan rápida y abruptamente. La verdad es que los años ya me pesan y mi memoria suspira por esos amores que han pasado fugazmente por mi lado y que no he sido capaz de retener. No me echeis de menos, yo no os añoraré a vosotros más que a una noche sin estrellas”.

Y, tras firmar la misiva, el gato se dejó caer desde la azotea, poniendo buen cuidado de no aterrizar de pie.

Finalista mensual en el Concurso de Microrrelatos de RTV Lavapiés (julio 2023)

 

domingo, 13 de agosto de 2023

MI DAMA BLANCA

Por fin, mi sueño estaba a un paso de cumplirse.

Tantos años de esfuerzos, de dura disciplina, de preparación, culminaban en este campeonato en el que trataba de alzarme con el trofeo al mejor ajedrecista nacional, que a su vez me abriría las puertas de los torneos internacionales.

Me había retirado temprano pero, como suele ser habitual en los hoteles, la habitación estaba demasiado caldeada y había terminado por arrojar el edredón al suelo y tumbarme sobre las sábanas con tan solo el pijama cubriendo mi cuerpo sudoroso. Después de dos horas de contar ovejas en vano, opté por una ducha fría que únicamente me proporcionó un alivio pasajero y, ya desesperado, hice uso de la cafetera que había sobre el minibar.

Es sabido que el café despeja y aclara las ideas, y por ello no es recomendable tomarlo antes de dormir, y qué decir de ingerirlo en mitad de la noche cuando uno está más que desvelado. Sin embargo, su fragancia suele ejercer en mí un efecto calmante que en ese preciso momento era lo que más necesitaba. Así pues, preparé un café bien cargado y dejé que su potente aroma invadiera por completo el cuarto y mis sentidos, me acomodé de nuevo en la cama y, cerrando los ojos, disfruté del reconfortante olor mientras dejaba enfriarse intacto el brebaje sobre la mesilla de noche.

Y surtió efecto. Acunado por los negros efluvios, me quedé dormido rayando ya el alba. Y soñé. Soñé que yo era una de las piezas del ajedrez, un simple peón negro autorizado a moverse por el tablero sólo de cuadro en cuadro y siempre hacia adelante, ya que no soy de ánimo belicoso y no estaba dispuesto a liquidar a algún pobre peón enemigo con tal de cambiar de fila. Y allá iba, desplazándome pasito a paso rumbo a lo más profundo del tablero, donde se encontraba mi adorado objetivo: la Reina Blanca. Su rostro, frío y austero, con el candoroso color de la crema de la leche y aún así desprovisto de todo candor, permanecía inmóvil mirando al frente, toda ella regia y altiva, ignorando a las piezas que a su alrededor urdían tramas para poner a salvo a su Rey o para destruirlo, según fuera su color.

Pero yo no participaba en ese juego, mi único propósito era llegar hasta Ella y arrojarme a sus pies, declararme rendido de amor y esperar de su benevolencia una señal de aprobación o, al menos, de no rechazo. Servirla de por vida sería para mí un inmenso placer y la cúspide de mis anhelos. Aún así, no era tan ingenuo como para no ver que tenía importantes rivales, los más peligrosos de los cuales eran el Alfil Blanco y el Caballo Negro, ambos poderosos Señores de la Guerra que se movían con ímpetu y seguridad por el tablero, fulminándose el uno al otro con miradas asesinas y aplastando a su paso a cuanto adversario se les ponía por delante. Los dos evolucionaban en las proximidades de mi Reina, avanzando y retrocediendo, amagando ataques, comiendo piezas inocentes o culpables sin distinción, y haciendo la vida imposible al pobre Rey Blanco, que se veía impotente para proteger a su consorte de aquellos feroces asaltos.

Mientras tanto, su Dama -mi Dama- ni siquiera pestañeaba, negándose obstinadamente a moverse de su casilla, dejando que su esposo se las compusiera como pudiese para no quedar confinado en el curso de alguno de aquellos embates, perdiendo así la partida. A ojos extraños podría parecer insensible o incluso perversa, pero a mí se me antojaba maravillosa y espléndida en toda su blanca majestad. Al fin y al cabo, el amor es ciego.

Finalmente, esquivando mil y una amenazas, logré llegar hasta la penúltima fila, me detuve ante Ella y la saludé con la más elegante reverencia que conseguí ejecutar sin brazos ni piernas. Ella bajó apenas los ojos y, con una desdeñosa mirada, tan gélida que habría suscitado la envidia del mismísimo hielo de los Polos, se adelantó ligeramente y ocupó mi casilla. No podía dar crédito a semejante movimiento: ¡muerto por la mano de mi Amada!

Pensé que saldría catapultado -como les había sucedido a otras piezas eliminadas- para aterrizar penosamente en la enorme caja de marfil dispuesta a un costado del tablero, pero no fue así: para mi sorpresa, sentí que mi cuerpo se fundía, se diluía en un líquido negro y espeso que se derramaba por la superficie de madera pulida, impregnando el aire con un inconfundible aroma, fuerte y amargo, que aportaba cierta serenidad al desconsuelo provocado por la traición de mi Dama. Lo último que vi, antes de disolverme por completo en aquel mortal charco de café caliente, fueron los malévolos ojillos de la Reina Blanca fijos en mí, y juraría que una pérfida sonrisa destelló por un instante en su pétreo rostro de crema de leche.

Me desperté empapado en sudor en mi cama del hotel, y tardé un par de minutos en constatar que mi cuerpo seguía entero y sólido bajo la capa de transpiración, y que el acre olor a café no provenía de mi persona sino de la taza que, sobre la mesilla de noche, se había enfriado ya por completo. La oportuna alarma del despertador quebró al mismo tiempo el silencio de la habitación y el estupor que el insólito sueño -o pesadilla- había dejado impreso en mi ánimo.

Una buena ducha y un abundante desayuno obraron milagros en mi maltrecho organismo y, a la hora convenida, cruzaba la puerta del salón de actos del hotel mientras atendía a las últimas recomendaciones de mi preparador, listo para pelear por el título que había ido a conquistar.

La partida se desarrolló sin complicaciones. Mi oponente era hábil pero yo estaba muy concentrado y rebosaba inspiración, incluso a pesar de la falta de sueño: desplegué un juego brillante que lo desconcertó y le llevó a cometer algunos errores fatales, con el resultado de una aplastante victoria por mi parte.

Con un mohín de disgusto, sus dedos se posaron sobre el Rey Blanco y lo inclinaron hasta hacerlo caer sobre el tablero, anunciando así su capitulación. En ese momento, un fugaz aroma a café inundó mis fosas nasales. Instintivamente, mis ojos buscaron los peones negros y vi que uno de ellos se encontraba en la casilla inmediatamente anterior a la de la Reina Blanca. Las dos piezas permanecían allí enfrentadas, inmóviles, y yo era incapaz de apartarme del tablero, como si mis pies se hubieran quedado pegados a la tarima. Me costaba respirar y creo que, en el fondo, esperaba que el peón se derritiese ante mis ojos en un charquito de café.

Ante mi tardanza, el maestro de ceremonias se acercó y me tomó amablemente del brazo para conducirme hacia el estrado donde iban a hacerme entrega del trofeo. Yo le seguí sin oponer resistencia pero con la vista aún clavada en aquellas dos piezas. Y habría jurado que, mientras me alejaba, la Reina Blanca me guiñó un ojo inexistente de su inexistente rostro.

Publicado en el libro recopilatorio del I Concurso de Relatos "Enroque Corto" del Club de Ajedrez Enroque Corto Sahaldau (Puente Genil, Córdoba), junio 2023

 

sábado, 12 de agosto de 2023

CONCIERTO SIN ORQUESTA

Apenas te vislumbré entre la multitud, mi corazón emprendió un redoble de timbal. Acercarme a ti y resonar trompetas celestiales en mis oídos fue todo uno. Bastó una mirada para perderme en tus ojos bicolores: un cielo de otoño y un mar de verano codo con codo, enlazados por esa sonrisa tuya, tan tuya, que enseguida quise hacer mía. Tu voz flotó sobre el bullicio como un solo de clarinete, terciopelo líquido desgranando palabras, frases, historias: tu historia, la mía. Cuerdas desgarradas de violín en la pasión compartida. Emoción punteada de contrabajo en el ansiado “sí, quiero”. Vibrantes campanillas en la risa de tus hijos, mis hijos, nuestros hijos. Maravilloso concierto sin orquesta, sólo contigo.

Ganador mensual del Concurso de Microrrelatos de RTV Lavapiés (junio 2023)

 

viernes, 11 de agosto de 2023

METAMORFOSIS

Nos conocimos una tarde en el parque. Yo paseaba sin rumbo bajo la arboleda, él leía en un banco del sendero. Me senté a su lado, conversamos, y las palabras devoraron sin darnos cuenta y sin pedir permiso el estrecho espacio que mediaba hasta el ocaso. El relente del anochecer nos dio la excusa perfecta para abandonar el banco y lanzarnos a ejercer de polillas por las luces de la ciudad.

En los meses siguientes arrastramos nuestras aristas por calles y plazas: él, simple cubo; yo, más compleja, icosaedro. Tras el primer choque de vértices, fuimos limando asperezas hasta que un beso tan tórrido como imprevisto nos derritió los ángulos y ahora rodamos mejor, dos esferas en perfecta armonía.

Finalista mensual en el Concurso de Microrrelatos de RTV Lavapiés (mayo 2023)